El legendario gigante de Norteamérica también caminó por la antigua Iberia
Durante décadas, el nombre Diplodocus estuvo estrechamente ligado a los paisajes del oeste de Estados Unidos. Sus fósiles, procedentes principalmente de la Formación Morrison, ayudaron a convertir a este enorme saurópodo de cuello y cola extraordinariamente largos en uno de los dinosaurios más reconocibles del planeta.
Pero una nueva investigación acaba de abrir un capítulo inesperado en su historia.
En las rocas del Jurásico Superior de Teruel, en el este de España, los paleontólogos han identificado fósiles que pertenecieron a un animal del género Diplodocus. El hallazgo constituye, según los autores del estudio, la primera evidencia de este género fuera de Norteamérica y aporta una de las evidencias más contundentes de intercambio de faunas entre Norteamérica y Europa durante el Jurásico Superior.
El descubrimiento obliga a imaginar un mundo jurásico muy diferente al actual: un planeta en transformación, donde los continentes comenzaban a separarse, pero donde todavía existían conexiones que permitían a algunos animales expandirse entre territorios que hoy están separados por el océano Atlántico.
Un gigante escondido entre las rocas de Teruel
La historia comienza en La Tejería (CT-30), un yacimiento situado en el municipio de El Castellar, en la provincia española de Teruel.
Allí, dentro de sedimentos de la Formación Villar del Arzobispo, los investigadores recuperaron una serie de fósiles pertenecientes a un diplodócido. El conjunto incluye 14 vértebras de la cola y numerosos chevrones, algunos de ellos encontrados articulados o asociados. Los restos proceden de depósitos del Kimmeridgiense superior–Titoniense, hace aproximadamente 150 millones de años.
El hallazgo no fue completamente inesperado. La Formación Villar del Arzobispo ya había proporcionado evidencias fragmentarias de diplodócidos. Sin embargo, el nuevo ejemplar es mucho más informativo y representa uno de los esqueletos de diplodócidos más completos descubiertos hasta ahora en Europa.
Y entonces apareció la sorpresa.
Aquella cola no pertenecía simplemente a otro diplodócido europeo.
Sus características anatómicas coincidían especialmente con las observadas en especies del género Diplodocus conocidas en Norteamérica.
Una cola que contó una historia de millones de años
En paleontología, identificar un dinosaurio no consiste simplemente en reconocer su silueta.
Cada vértebra contiene una combinación de características anatómicas que puede funcionar como una especie de huella dactilar evolutiva.
En el ejemplar CT-30, los investigadores encontraron una combinación de rasgos particularmente significativa: vértebras caudales alargadas, grandes fosas neumáticas, ausencia de determinadas crestas laterales, surcos ventrales profundos y chevrones bifurcados de una longitud comparable a la de las vértebras correspondientes.
Algunos de estos caracteres son compartidos con otros diplodocinos, pero el conjunto presenta una semejanza especialmente estrecha con Diplodocus.
Los investigadores llevaron la comparación todavía más lejos.
Introdujeron los datos anatómicos del ejemplar en análisis filogenéticos mediante parsimonia máxima e inferencia bayesiana. En las diferentes reconstrucciones, CT-30 apareció consistentemente dentro del clado de Diplodocus, próximo a Diplodocus hallorum.
La evidencia era suficientemente consistente para reconocer su pertenencia al género.
Pero no para darle un nombre de especie.
Por eso los autores optaron prudentemente por denominarlo Diplodocus sp.
La razón es sencilla: solo se conserva una parte de la anatomía del animal y no existen, por ahora, caracteres exclusivos e inequívocos que permitan determinar una especie concreta. Los investigadores señalan que serán necesarios esqueletos europeos más completos para resolver esa cuestión.
Cuando el Atlántico todavía no era una barrera absoluta
Aquí es donde el descubrimiento adquiere una dimensión mucho mayor.
Hace unos 150 millones de años, Norteamérica y Europa no estaban configuradas como las conocemos hoy. El Atlántico Norte estaba en proceso de expansión y las masas continentales se encontraban en una posición muy diferente.
La presencia de Diplodocus en Iberia sugiere que algunos dinosaurios pudieron atravesar las conexiones terrestres que existieron entre ambos territorios.
Los autores plantean que, durante el Kimmeridgiense tardío y el Titoniense temprano, determinados cambios geológicos pudieron favorecer la aparición episódica de masas emergidas a lo largo de un posible corredor entre Terranova e Iberia. Estas conexiones habrían permitido intercambios faunísticos entre Norteamérica y Europa.
No significa que existiera un puente continental permanente por el que los dinosaurios pudieran desplazarse libremente.
La evidencia apunta más bien hacia episodios de dispersión, probablemente asociados a ventanas temporales y rutas geográficas concretas.
Era un mundo en el que la geografía podía cambiar lentamente, pero cuyas consecuencias evolutivas podían ser enormes.
Una familia que ya conocía Europa
El descubrimiento también cambia la manera de interpretar el registro europeo de los diplodócidos.
Antes de CT-30, Europa ya había proporcionado restos de estos saurópodos, incluidos fósiles de Portugal, España y Georgia. Portugal, por ejemplo, conserva al diplodócido Supersaurus lourinhanensis. Sin embargo, la evidencia europea de estos animales era escasa y fragmentaria.
El nuevo fósil demuestra que las semejanzas entre las faunas jurásicas de Norteamérica y Europa podían llegar mucho más lejos de lo que se pensaba.
De hecho, el registro fósil ya mostraba otros ejemplos de dinosaurios compartidos o estrechamente relacionados entre ambos continentes, entre ellos Supersaurus, Ceratosaurus, Allosaurus y Stegosaurus.
La presencia de Diplodocus añade ahora una pieza especialmente llamativa a ese rompecabezas.
Un gigante de unos 25 metros
El ejemplar de Teruel también ofrece una idea de las dimensiones que podía alcanzar aquel animal.
Según la estimación presentada en el estudio, CT-30 habría tenido una longitud corporal aproximada de 25 metros, comparable con varios diplodocinos conocidos de la Formación Morrison de Norteamérica.
Podemos imaginarlo desplazándose lentamente por las llanuras costeras de la antigua Iberia, levantando su larguísimo cuello sobre la vegetación y arrastrando una cola que podía superar varias veces la longitud de un automóvil moderno.
Pero aquella escena no ocurría en la España que conocemos.
No había Pirineos, ni ciudades, ni costas mediterráneas modernas.
Teruel formaba parte de un paisaje jurásico de llanuras aluviales y ambientes costeros, dentro de una configuración continental radicalmente diferente. Los sedimentos de la parte superior de la Formación Villar del Arzobispo donde apareció CT-30 se depositaron precisamente en ambientes costeros y aluviales.
El mapa de los dinosaurios acaba de cambiar
Durante mucho tiempo, los fósiles fueron considerados fragmentos aislados de una historia escrita en continentes separados.
Ahora comienzan a contar algo diferente.
El Diplodocus de Teruel no solo amplía el mapa geográfico conocido de este género. También proporciona una ventana hacia los mecanismos mediante los cuales las faunas podían intercambiarse mientras el Atlántico Norte comenzaba a abrirse.
La investigación publicada en el Journal of Vertebrate Paleontology describe este descubrimiento como la primera evidencia de Diplodocus fuera de Norteamérica y como una de las evidencias más sólidas del intercambio de faunas entre ambos continentes durante el Jurásico Superior.
Y quizá lo más fascinante sea que la historia todavía está incompleta.
Bajo las rocas de la antigua Iberia podrían permanecer otros huesos, otras colas, otras huellas.
Porque cada nuevo fósil puede cambiar nuevamente el mapa.
Y esta vez, una de las criaturas más emblemáticas de los museos norteamericanos acaba de aparecer al otro lado del antiguo Atlántico.
Hace unos 150 millones de años, el mundo de Diplodocus era mucho más grande de lo que creíamos.
