El ámbar de el soplao: la resina que preservó la vida de un bosque del cretácico

El extraordinario yacimiento de El Soplao conserva insectos, arañas, hongos, plantas e incluso plumas de dinosaurios, ofreciendo una mirada excepcional a los ecosistemas del Cretácico

 

Cantabria, norte de España. Hace unos 105 millones de años.

Un insecto se posa sobre una superficie pegajosa. Cerca, una araña espera entre su telaraña. En algún lugar del bosque, un dinosaurio emplumado atraviesa la vegetación. Bajo las copas de las coníferas, pequeños artrópodos recorren el suelo húmedo mientras otros organismos se alimentan, cazan, se aparean o parasitan.

Entonces ocurre algo aparentemente insignificante: una gota de resina cae de un árbol.

Aquella sustancia viscosa comenzará un viaje de millones de años.

Hoy, convertida en ámbar, conserva fragmentos de aquella escena con una precisión extraordinaria.

En El Soplao, en Cantabria, España, la resina fósil ha atrapado mucho más que cuerpos de pequeños animales. Ha conservado relaciones ecológicas, comportamientos, restos vegetales, hongos, secreciones e incluso estructuras de plumas, convirtiendo el yacimiento en una de las ventanas más excepcionales hacia los ecosistemas terrestres del Cretácico europeo.

Un archivo fósil extraordinario

El ámbar de El Soplao pertenece al Albiano, durante el Cretácico Inferior, una época de profundas transformaciones en los ecosistemas terrestres y de rápida diversificación de las plantas con flores.

El yacimiento es actualmente la fuente de ámbar más rica de España y uno de los depósitos de ámbar cretácico más importantes de Europa. Hasta ahora se han recuperado más de 1.500 inclusiones de artrópodos, correspondientes a 40 especies nombradas, de las cuales 32 fueron reconocidas como especies nuevas.

Pero el verdadero valor de estas piezas no reside únicamente en la cantidad.

Algunas inclusiones conservan detalles anatómicos microscópicos y estructuras tridimensionales con una fidelidad extraordinaria. Aproximadamente un tercio de las bioinclusiones se encuentran casi completas y articuladas, mientras que otras conservan fragmentos corporales, mudas, hilos de telaraña o coprolitos.

Es como si el bosque hubiera dejado pequeñas fotografías fósiles de su vida cotidiana.

Hallucinochrysa diogenesi Pérez-de la Fuente, Delclòs, Peñalver y Engel, 2012 (Neuroptera: Chrysopoidea) y su comportamiento de transporte de detritos. ( a ) Fotografía del holotipo en vista ventrolateral. ( b ) Reconstrucción de la vida de dos larvas en estadio avanzado en vista dorsolateral, una con un paquete completo de detritos que muestra su apariencia en vida y la otra sin él para mostrar su peculiar anatomía. Imagen creada por JA Peñas, bajo la supervisión de los autores.
Fuente: (a) de Pérez-de la Fuente et al. (2012a ) .

Un ámbar de color imposible

El Soplao posee además una característica que lo distingue visualmente: algunas piezas presentan una llamativa tonalidad azul-violeta bajo la luz natural.

Los análisis geoquímicos relacionan esta coloración con la presencia de guaiazuleno, un derivado hidrocarbonado del azuleno.

El origen exacto de la resina, sin embargo, continúa siendo objeto de investigación. Se ha propuesto una posible relación con coníferas de la familia extinta Cheirolepidiaceae y se han encontrado asociaciones estrechas con restos de Frenelopsis, aunque los investigadores señalan que esta interpretación todavía no está resuelta. También se han planteado afinidades con Cupressaceae, mientras que el registro vegetal demuestra una importante presencia de Araucariaceae.

La propia incertidumbre sobre qué árboles produjeron exactamente aquella resina forma parte de la historia científica del yacimiento.

Una ciudad de artrópodos

Dentro del ámbar aparecen representantes de una extraordinaria variedad de organismos.

Hay arañas, ácaros, pseudoescorpiones, ciempiés, milpiés y pequeños crustáceos. Entre los insectos se encuentran cucarachas y termitas, trips, pulgones, moscas blancas, psocópteros, avispas, crisopas, escarabajos, moscas escorpión, mosquitos y otros dípteros, además de microlepidópteros. En total, se han registrado insectos pertenecientes a 11 órdenes.

Pero estas criaturas no aparecen simplemente como una colección de cuerpos muertos.

En ocasiones, el ámbar conserva indicios de lo que estaban haciendo.

Una pareja de pequeños mosquitos aparece preservada en posición de apareamiento. Otros ejemplares sugieren comportamientos gregarios. También se han encontrado telarañas, algunas con posibles presas atrapadas.

El ámbar permite así pasar de una pregunta aparentemente sencilla —“¿qué animales vivían aquí?”— a otra mucho más profunda:

¿cómo interactuaban entre ellos?

El insecto que se disfrazaba con restos del bosque

Uno de los fósiles más sorprendentes es la larva de Hallucinochrysa diogenesi.

Este pequeño depredador poseía estructuras especializadas sobre el cuerpo que le permitían transportar una acumulación de restos vegetales. El ejemplar quedó atrapado junto a una densa red de tricomas atribuibles a helechos.

La interpretación propuesta es fascinante: la larva utilizaba restos vegetales como una especie de camuflaje y escudo protector.

El hallazgo constituye evidencia directa de una interacción entre una planta y un insecto depredador y documenta una estrategia de transporte de residuos que ha persistido durante más de 100 millones de años en el linaje de las crisopas modernas.

En otras palabras, una conducta que podemos observar en ciertos insectos actuales ya existía en aquellos bosques cretácicos.

Una polinización antes del dominio de las flores

Quizá una de las escenas más reveladoras se encuentra en el cuerpo de una mosca de larga probóscide: Buccinatormyia magnifica.

Sobre su cuerpo quedaron agrupados granos de polen similares a Exesipollenites, atribuidos a plantas del grupo de las Bennettitales.

El insecto poseía una probóscide larga especializada en la alimentación con néctar.

Para los investigadores, esta asociación constituye evidencia directa de polinización de gimnospermas durante el Cretácico Inferior.

La escena resulta especialmente interesante porque ocurre durante un momento de profunda transformación de los ecosistemas terrestres: las plantas con flores comenzaban a diversificarse rápidamente, mientras las comunidades dominadas por gimnospermas todavía eran importantes.

El ámbar conserva, literalmente, una interacción entre una planta y su visitante.

Dinosaurios sin cuerpo, pero con plumas

Los dinosaurios también están presentes, aunque de una manera mucho más sutil.

El yacimiento ha proporcionado 13 piezas de ámbar que contienen restos de plumas de terópodos. Algunas conservan las barbas en su disposición original.

La interpretación tafonómica indica que ciertos fragmentos pudieron desprenderse cuando la piel o el tegumento del animal entró en contacto con la resina pegajosa mientras estaba vivo. Otros restos probablemente se fragmentaron antes de quedar atrapados.

No hace falta encontrar el esqueleto de un dinosaurio para demostrar que estos animales formaban parte del ecosistema.

Una pluma atrapada en una gota de resina puede ser suficiente para dejar una pista.

También se han encontrado garrapatas y larvas de escarabajos derméstidos comparables a ejemplares asociados con plumas en otros yacimientos, proporcionando indicios de relaciones entre artrópodos y vertebrados, posiblemente dinosaurios terópodos.

Un bosque bajo estrés

El bosque de El Soplao tampoco era un escenario estático.

La enorme producción de resina parece haber estado relacionada con condiciones ambientales que sometían a los árboles a estrés. El yacimiento contiene evidencias de incendios forestales en forma de materia vegetal carbonizada.

Los investigadores plantean que la combinación de diferentes factores —entre ellos inundaciones estacionales y actividad de incendios— pudo favorecer una producción excepcional de resina.

El paisaje habría estado formado por comunidades vegetales mixtas, con abundantes gimnospermas y presencia de angiospermas, bajo condiciones interpretadas como tropicales o subtropicales.

Y el bosque se encontraba cerca de ambientes costeros.

Los sedimentos y los organismos asociados al ámbar revelan además condiciones salobres o marinas marginales. Algunos fragmentos de ámbar conservan ostras, serpúlidos y briozoos adheridos a su superficie.

El escenario comienza a tomar forma:

un bosque resinífero cercano a ambientes deltaicos y estuarinos, atravesado por agua, incendios y una extraordinaria diversidad de pequeños organismos.

La resina que conservó hasta la fisiología del árbol

El ámbar guarda incluso una historia que va más allá de los organismos atrapados.

Los investigadores identificaron por primera vez en El Soplao restos fosilizados de savia del floema. Lo que inicialmente parecía contener microorganismos resultó corresponder a gotas de una emulsión formada por resina y savia vegetal.

Estas estructuras conservaron residuos orgánicos e iones minerales y formaron patrones de bandas dentro de algunas piezas de ámbar.

Incluso los hongos aprovecharon estas zonas: sus hifas colonizaron preferentemente las capas ricas en savia, aparentemente porque ofrecían más nutrientes que la resina pura.

El ámbar no estaba conservando solamente animales.

Estaba conservando fragmentos de la fisiología de un árbol.

Una red de vida congelada en el tiempo

El verdadero descubrimiento de El Soplao no es una especie aislada.

Es una red ecológica.

Depredadores y presas. Parasitoides y hospedadores. Insectos y plantas. Hongos y resina. Artrópodos y vertebrados. Animales que se apareaban. Arañas que tejían sus redes. Larvas que se camuflaban con restos vegetales. Insectos que transportaban polen.

Cada pieza de ámbar es pequeña.

La historia que contiene puede ser enorme.

La preservación excepcional de estas interacciones permite reconstruir relaciones ecológicas que rara vez quedan registradas en el fósil tradicional. Por eso El Soplao es considerado por los autores una referencia para comprender la estructura y el funcionamiento de los ecosistemas forestales del Cretácico.

Una ventana que todavía no se ha cerrado

El descubrimiento del afloramiento se produjo en 2007, después de que la localidad hubiera quedado expuesta durante unas obras viales en 2005. Las excavaciones realizadas entre 2008 y 2010 revelaron la magnitud y riqueza del depósito.

Desde entonces, la investigación no se ha detenido.

El yacimiento permanece protegido y continúa siendo objeto de trabajo multidisciplinario.

Y todavía quedan preguntas abiertas.

Los investigadores quieren determinar con mayor precisión qué factores provocaron aquella producción extraordinaria de resina, por qué algunos grupos de insectos son escasos o están ausentes y hasta dónde puede llegar la capacidad del ámbar para conservar estructuras microscópicas, tejidos blandos o incluso biomoléculas reconocibles mediante nuevas técnicas analíticas.

Quizá esa sea la característica más fascinante de El Soplao.

El bosque de hace 105 millones de años no está completamente perdido.

Una parte de él quedó atrapada en resina.

Y cada nueva pieza estudiada puede revelar otra escena de una vida que, durante millones de años, permaneció suspendida dentro de una pequeña cápsula de ámbar.

Deja una respuesta