Los moas, extraordinarias aves gigantes que podrían volver a caminar Nueva Zelanda después de 600 años de su extinción

Hace aproximadamente 600 años, los bosques, valles y extensas praderas de Nueva Zelanda estaban habitados por unas aves extraordinarias. Eran gigantes terrestres, incapaces de volar, con poderosas extremidades, cuellos alargados y cuerpos cubiertos de un denso plumaje. Algunas hembras podían superar los tres metros de altura y alcanzar pesos cercanos a los 250 kilogramos.

Eran los moas, un extraordinario grupo de aves prehistóricas que evolucionó durante millones de años en el aislamiento geográfico de Nueva Zelanda. Su diversidad incluía desde pequeños habitantes de los bosques, apenas más grandes que un pavo, hasta verdaderos gigantes que dominaban los paisajes abiertos y las formaciones vegetales de las tierras bajas.

Entre ellos sobresalía Dinornis, el género de los llamados moas gigantes, considerado uno de los grupos de aves más impresionantes que han existido.

Pero estos gigantes desaparecieron. La llegada de los primeros pobladores polinesios, antepasados de los actuales maoríes, transformó profundamente los ecosistemas insulares. La cacería intensiva, la recolección de huevos y la modificación de los bosques contribuyeron a su desaparición, que ocurrió varios siglos antes de la llegada de los europeos.

Hoy, después de aproximadamente seis siglos de ausencia, una ambiciosa iniciativa científica pretende explorar una posibilidad que hasta hace poco parecía perteneciente a la ciencia ficción: utilizar ingeniería genética, ADN antiguo y nuevas tecnologías reproductivas para recrear aves con características biológicas de los desaparecidos moas.

La iniciativa, impulsada por Colossal Biosciences en colaboración con investigadores neozelandeses, incluido el Ngāi Tahu Research Centre, Sir Peter Jackson y el Canterbury Museum, abre un nuevo capítulo en la investigación sobre la desextinción.

¿Podrían estos gigantes volver a caminar por los paisajes de Nueva Zelanda?

 

Los moas: una extraordinaria diversidad de gigantes prehistóricos

Los moas pertenecían al orden extinto Dinornithiformes, un grupo de aves no voladoras endémicas de Nueva Zelanda. Formaban parte de los paleognatos, un antiguo linaje evolutivo que también comprende avestruces, emúes, casuarios, ñandúes, kiwis y tinamúes.

Se reconocen nueve especies distribuidas en tres familias y varios géneros. Esta diversidad constituye uno de los ejemplos más interesantes de evolución insular, pues distintas especies desarrollaron adaptaciones para ocupar ambientes ecológicos diferentes.



 

A diferencia de otros grandes grupos de aves terrestres, los moas carecían de quilla en el esternón, estructura ósea donde se insertan los principales músculos utilizados para el vuelo. Sus alas estaban extremadamente reducidas y no cumplían una función de vuelo.

Su evolución estuvo acompañada de una notable especialización alimentaria. Eran herbívoros que consumían hojas, brotes, frutos, semillas, hierbas y diferentes partes de la vegetación. Los restos de alimentos y excrementos fosilizados han permitido reconstruir parte de sus hábitos alimenticios.

Entre las especies más representativas encontramos:

 

1. Dinornis robustus: el gigante de la Isla Sur

Fue una de las aves terrestres más imponentes que han existido. Habitaba principalmente la Isla Sur de Nueva Zelanda, ocupando bosques, matorrales, pastizales y otros ambientes de tierras bajas.

Las hembras podían alcanzar aproximadamente 3,5 metros de altura y superar los 200 kilogramos, con estimaciones máximas cercanas a los 250-280 kilogramos.

Su cuello alargado le permitía alcanzar hojas y brotes de diferentes alturas, mientras que sus fuertes patas sostenían su enorme cuerpo y le proporcionaban movilidad en los terrenos que habitaba.

Una de sus características más sorprendentes era el dimorfismo sexual: las hembras podían ser considerablemente más grandes y pesadas que los machos. De hecho, los análisis genéticos permitieron descubrir que algunos ejemplares considerados antiguamente especies diferentes correspondían en realidad a machos y hembras de una misma especie.

 

2. Dinornis novaezealandiae: el gigante de la Isla Norte

Su pariente de la Isla Norte también alcanzaba dimensiones extraordinarias, aunque generalmente era algo menor que el moa gigante de la Isla Sur.

Podía superar los tres metros de altura en las estimaciones de los ejemplares más grandes. Habitaba bosques, matorrales, dunas y pastizales de tierras bajas.

Al igual que su pariente meridional, presentaba un marcado dimorfismo sexual, con hembras mucho más grandes que los machos.

 

3. Anomalopteryx didiformis: el pequeño moa de los bosques

No todos los moas eran gigantes. Esta especie, conocida como pequeño moa de los matorrales o moa de arbusto, representaba una versión mucho más pequeña de estos extraordinarios animales.

Su altura rondaba aproximadamente el metro y su peso podía acercarse a los 30 kilogramos.

Habitaba bosques densos, incluidos bosques de coníferas y formaciones de hayas. Su pico robusto estaba adaptado para consumir diferentes materiales vegetales, como semillas y partes resistentes de las plantas.

 

4. Emeus crassus: el moa oriental

Fue otra de las especies que conformaron la diversidad de estas aves. Habitaba principalmente ambientes de la Isla Sur y presentaba un cuerpo robusto, patas fuertes y adaptaciones para desplazarse por ambientes terrestres.

Su existencia demuestra que los moas no constituían una única forma de ave gigante, sino un conjunto diverso de especies con diferentes tamaños, anatomías y preferencias ecológicas.

 

5. Pachyornis australis: el moa crestado

Esta especie recibe su nombre por unas características estructuras observadas en los huesos del cráneo, que han llevado a proponer que pudo presentar una cresta de plumas.

Formaba parte de los moas de constitución robusta y ocupaba ambientes de Nueva Zelanda, particularmente regiones de la Isla Sur.

Junto a estas especies también encontramos otros representantes como Megalapteryx didinus, Pachyornis elephantopus, Pachyornis geranoides y Euryapteryx curtus.

En conjunto, las nueve especies conocidas reflejan una extraordinaria diversificación biológica que permitió a los moas ocupar diferentes ambientes, desde densos bosques hasta zonas montañosas y paisajes abiertos.

 

Un mundo sin gigantes: su relación con los primeros habitantes de Nueva Zelanda

Durante miles de años, los moas ocuparon una posición fundamental en los ecosistemas de Nueva Zelanda. En ausencia de grandes mamíferos herbívoros terrestres, estas aves desempeñaban funciones ecológicas importantes como consumidoras de vegetación, dispersoras de semillas y modificadoras de la estructura de los bosques.

Sin embargo, su historia cambió profundamente con la llegada de los primeros navegantes polinesios, alrededor de los siglos XIII y XIV.

Para los primeros habitantes de estas islas, los moas representaban una importante fuente de alimento. Su carne era aprovechada para el consumo, mientras que sus huesos se transformaban en anzuelos, adornos y diferentes utensilios. Sus plumas y pieles también tenían utilidad.



Los registros arqueológicos conservan evidencias de numerosos lugares donde se procesaban estas aves, incluidos grandes depósitos de huesos y restos de alimentación.

Pero la explotación humana no fue el único factor involucrado en su desaparición. La transformación de los paisajes mediante quemas y tala de bosques redujo y alteró los ambientes que sostenían sus poblaciones.

Su reproducción relativamente lenta y la dificultad de recuperar poblaciones sometidas a una intensa presión de caza agravaron el problema.

En un periodo sorprendentemente corto, estas aves desaparecieron de Nueva Zelanda. Los restos arqueológicos indican que su aprovechamiento humano se inició hace aproximadamente 650-700 años y que sus huesos dejaron de aparecer en los depósitos alimentarios hacia mediados del siglo XVI.

Su desaparición también afectó a otros integrantes de los ecosistemas. Uno de sus principales depredadores naturales, el águila de Haast (Hieraaetus moorei), también terminó extinguiéndose, en buena medida debido a la desaparición de sus principales presas.

Así, la extinción de los moas no significó simplemente la desaparición de unas aves extraordinarias: representó la pérdida de una pieza fundamental de la historia ecológica de Nueva Zelanda.

 

El ambicioso proyecto de desextinción para devolver los moas a Nueva Zelanda

La posibilidad de recuperar especies desaparecidas ha comenzado a explorar nuevos caminos gracias a los avances de la genética, la biología molecular y la biotecnología reproductiva.

Uno de los proyectos más ambiciosos en esta dirección es el impulsado por Colossal Biosciences, compañía que trabaja en la reconstrucción de características genéticas de organismos extintos.

Su iniciativa relacionada con los moas busca desarrollar una estrategia que permita obtener aves vivas con características biológicas semejantes a las de estos gigantes prehistóricos.

El proyecto cuenta con la participación de investigadores neozelandeses y una alianza con el Ngāi Tahu Research Centre, el Canterbury Museum y el cineasta y conservacionista Sir Peter Jackson.

Pero ¿cómo se pretende conseguirlo?

La estrategia contempla varias etapas científicas que deben superar importantes dificultades.

 

1. Recuperar el pasado mediante el ADN antiguo

El primer desafío consiste en reconstruir la información genética de los moas a partir de restos óseos, fragmentos de tejidos y cáscaras de huevos conservados durante siglos.

Aunque estos materiales contienen ADN antiguo, su información genética suele encontrarse fragmentada y deteriorada por el paso del tiempo.

Por ello, los investigadores deben recuperar pequeños segmentos genéticos, analizarlos y compararlos con los genomas de sus parientes evolutivos actuales.

Entre los organismos de interés se encuentran los emúes y los tinamúes. Estos últimos son particularmente interesantes porque los análisis evolutivos han identificado a los tinamúes sudamericanos como los parientes vivos más cercanos de los moas.

La finalidad es reconstruir progresivamente el genoma de las diferentes especies y reconocer las variaciones genéticas responsables de sus características anatómicas y fisiológicas.

 

2. Ingeniería genética: reconstruir las características de un gigante

Una vez identificadas las secuencias genéticas de interés, el siguiente desafío será utilizar herramientas de edición genética, como CRISPR-Cas9, para modificar células de aves vivientes.

La intención es introducir variantes genéticas asociadas con características propias de los moas, como determinadas dimensiones corporales, estructura de las extremidades, morfología del pico y otros rasgos anatómicos.

Sin embargo, no se trata simplemente de incorporar unos cuantos genes para transformar un emú en un moa. La altura, el peso, la forma del cuerpo y el desarrollo de un organismo dependen de complejas interacciones entre numerosos genes y procesos biológicos.

Por eso, reconstruir un animal con características similares a las de una especie desaparecida constituye un desafío científico de enorme complejidad.

 

útero artificial para embriones de pollo. Foto: biotecnología Colossal Biosciences

 

3. El desafío de los huevos: una nueva tecnología de incubación artificial

Uno de los obstáculos más importantes para recuperar aves extintas es su reproducción.

A diferencia de los mamíferos, las aves desarrollan sus embriones dentro de huevos que poseen una estructura especializada para proporcionar protección, intercambio de gases, humedad y condiciones adecuadas para el crecimiento.

En mayo de 2026, Colossal Biosciences anunció un avance tecnológico relacionado con este problema: su sistema de incubación mediante una estructura artificial que reproduce algunas funciones de la cáscara de un huevo.

El dispositivo utiliza una estructura rígida fabricada mediante impresión 3D y una membrana de silicona que permite el intercambio de oxígeno y la conservación de la humedad.

26 polluelos incubados y nacidos

Según la compañía, el sistema permitió obtener 26 polluelos de gallina sanos, demostrando una posible alternativa para desarrollar embriones fuera de una cáscara natural convencional.

La importancia de este avance radica en que los huevos de los grandes moas alcanzaban dimensiones extraordinarias, mucho mayores que los de numerosas aves actuales.

La tecnología podría desarrollarse para trabajar con embriones de mayor tamaño, aunque todavía no se ha demostrado que pueda incubar un moa ni que sea posible reproducir completamente sus condiciones de desarrollo.

La investigación fue reconocida por la revista TIME entre sus mejores invenciones de 2026.

Un huevo de 600 años regresa a su tierra de origen

En octubre de 2026, el proyecto también protagonizó un acontecimiento de gran importancia científica y cultural.

Colossal Biosciences anunció la adquisición de un raro huevo fósil de moa que permaneció durante aproximadamente seis décadas en una colección privada estadounidense.

La empresa decidió devolverlo a Nueva Zelanda, donde será entregado al historiador y líder maorí Te Maire Tau, vinculado a Ngāi Tahu.

El ejemplar representa una oportunidad extraordinaria para investigar la reproducción, la estructura de los huevos y otros aspectos de la biología de estas aves desaparecidas.

Su recuperación también tiene un significado cultural: los restos de los moas no son solamente materiales de investigación, sino parte del patrimonio natural e histórico de los pueblos originarios de Nueva Zelanda.

Esta colaboración busca integrar las herramientas de la ciencia moderna con los conocimientos, la memoria y la participación de las comunidades maoríes.

 

Huevo artificial desarrollado por la empresa biotecnología Colossal Biosciences. Foto: biotecnología Colossal Biosciences

 


Los grandes desafíos: ¿realmente podremos recuperar un moa?

Aunque los avances tecnológicos son interesantes, todavía existen enormes obstáculos antes de imaginar a un moa caminando nuevamente por los bosques de Nueva Zelanda.

Uno de los principales interrogantes es su identidad biológica.

Incluso si los científicos consiguen introducir características genéticas del moa en una especie viviente, el resultado no sería necesariamente una reproducción genética exacta del animal original. Se trataría, más probablemente, de un organismo modificado para reproducir determinados rasgos de una especie desaparecida, lo que suele denominarse un organismo sustituto o proxy.

También existe una dificultad ecológica: los paisajes de Nueva Zelanda han cambiado profundamente desde la desaparición de estas aves. Las comunidades vegetales, las relaciones entre depredadores y presas y las condiciones ambientales actuales no son idénticas a las que existían hace seis siglos.

Por ello, cualquier eventual reintroducción tendría que considerar cuidadosamente el bienestar de los animales, la disponibilidad de hábitat y sus posibles efectos sobre las especies que actualmente habitan estos ecosistemas.

Además, el proyecto ha generado debates dentro de la comunidad científica y entre representantes de los pueblos maoríes. Algunas voces cuestionan la conveniencia de invertir enormes recursos en organismos extintos cuando numerosas especies actuales necesitan protección urgente.

Otros especialistas consideran que estas tecnologías podrían tener aplicaciones más inmediatas en la conservación de aves amenazadas.

Es importante señalar que los resultados anunciados sobre el huevo artificial todavía necesitan mayor documentación científica independiente y evaluación mediante publicaciones especializadas.

 

Una tecnología que también podría ayudar a salvar especies que todavía existen

Más allá de la posibilidad de recuperar especies extintas, uno de los aspectos más interesantes de esta investigación es su potencial aplicación en la conservación de la biodiversidad actual.

La tecnología de incubación artificial podría convertirse en una herramienta para apoyar la reproducción de aves amenazadas que enfrentan dificultades durante sus procesos naturales de incubación.

Entre las especies que se han mencionado como posibles beneficiarias se encuentran:

  • El kākāpō (Strigops habroptilus), un extraordinario loro nocturno y no volador de Nueva Zelanda.

  • El loro terrestre occidental (Pezoporus flaviventris), una de las aves más amenazadas de Australia.

  • El petrel de Bermudas (Pterodroma cahow), una especie marina que estuvo al borde de la extinción y cuya recuperación constituye uno de los grandes éxitos de la conservación de aves.

De esta manera, los conocimientos desarrollados durante la investigación sobre los moas podrían contribuir también a mejorar las herramientas de reproducción asistida y conservación de especies que todavía podemos proteger.

Este podría ser uno de los resultados más valiosos de la investigación: que los avances destinados a explorar el pasado terminen ayudando a conservar la biodiversidad del presente.

 

El futuro: ¿volverán a caminar los gigantes por Nueva Zelanda?

La historia de los moas representa uno de los capítulos más fascinantes de la evolución de las aves y de las transformaciones ecológicas provocadas por la actividad humana.

Durante miles de años, estos gigantes evolucionaron en un territorio aislado, desarrollando una diversidad de formas y adaptaciones que les permitió ocupar diferentes ambientes. Su desaparición dejó un vacío ecológico y una profunda huella en la historia natural de Nueva Zelanda.

Ahora, la ingeniería genética y las nuevas tecnologías reproductivas están abriendo posibilidades que hace algunas décadas parecían inimaginables.

Sin embargo, devolverles la vida no será tan sencillo como reconstruir su ADN. Será necesario comprender su desarrollo embrionario, su fisiología, su comportamiento y las complejas relaciones ecológicas que alguna vez mantuvieron con su entorno.

Y quizás esa sea la pregunta más importante: si algún día conseguimos crear un ave con las características de un moa, ¿estaremos preparados para devolverle un lugar en la naturaleza?

Por ahora, los gigantes continúan perteneciendo al pasado. Pero los avances científicos están permitiendo acercarnos como nunca antes a comprenderlos y explorar la posibilidad de recuperar parte de su extraordinario legado biológico.

Porque conocer las especies que desaparecieron también puede ayudarnos a comprender la responsabilidad que tenemos con aquellas que todavía caminan, vuelan y habitan nuestro planeta.

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