Hace casi 12.000 años, mucho antes de las avenidas y los edificios de la capital colombiana, los grandes proboscídeos recorrían los paisajes altoandinos. En Tibitó, las herramientas de piedra, los huesos quemados y los restos de animales extintos conservan las huellas de una relación entre los primeros grupos humanos y la megafauna sudamericana.
Hoy, Bogotá es una de las grandes metrópolis de América Latina. Sus calles cubren un territorio que, al final del Pleistoceno, tenía una apariencia radicalmente distinta: una extensa altiplanicie andina de humedales, áreas abiertas, praderas y bosques, habitada por animales que hoy solo conocemos a través de sus fósiles.
Entre aquellos habitantes desaparecidos se encontraban los gonfotéridos, grandes mamíferos emparentados con los elefantes actuales. Sus cuerpos robustos, trompas y defensas formaban parte de una megafauna que había prosperado en distintos ambientes del continente americano. Pero, en algún momento de su historia evolutiva, estos gigantes compartieron el paisaje sudamericano con seres humanos que comenzaban a explorar, conocer y aprovechar los recursos de un territorio desconocido.
La relación entre ambos no es solamente una historia de gigantes desaparecidos. También es una ventana a las capacidades de las primeras sociedades humanas de Sudamérica: su tecnología, sus estrategias de subsistencia y su manera de desenvolverse en ecosistemas sometidos a profundos cambios climáticos.
Gigantes de una América desaparecida
Los gonfotéridos pertenecían al orden Proboscidea, el mismo gran grupo zoológico al que pertenecen los elefantes modernos. Su historia evolutiva se extendió durante millones de años y estuvo marcada por una considerable diversidad anatómica y ecológica.
Tras la formación del istmo de Panamá y el intercambio de fauna entre Norteamérica y Sudamérica, algunos proboscídeos alcanzaron el continente austral. Allí evolucionaron y se dispersaron por distintos ambientes, desde regiones tropicales hasta territorios de mayor altitud.
Entre los géneros documentados en Sudamérica se encuentran Cuvieronius y Haplomastodon, este último incluido en clasificaciones posteriores dentro de Notiomastodon. Estos animales podían alcanzar dimensiones considerables y contaban con molares adaptados al procesamiento de vegetación, además de defensas que variaban en forma y tamaño.
Su presencia en los Andes colombianos demuestra que los paisajes de altura del Pleistoceno no fueron escenarios marginales para la megafauna. Al contrario, ofrecieron condiciones ambientales que permitieron la supervivencia de grandes herbívoros y de otros mamíferos que hoy ya no forman parte de la fauna regional.
Sin embargo, estos gigantes no permanecieron para siempre. Hacia el final del Pleistoceno y durante la transición al Holoceno, numerosas especies de gran tamaño desaparecieron de América. Los cambios climáticos, las transformaciones de los ecosistemas y las actividades humanas forman parte del debate científico sobre las causas de estas extinciones. Determinar el peso de cada factor exige examinar las evidencias de cada región y no asumir una explicación única para todo el continente.

Tibitó: un archivo arqueológico bajo la sabana
En 1982, el arqueólogo colombiano Gonzalo Correal-Urrego publicó en la revista Caldasia una investigación fundamental titulada Restos de megafauna asociadas a artefactos en la Sabana de Bogotá. El estudio describió las excavaciones del sitio Tibitó 1, localizado en el actual municipio de Tocancipá, Cundinamarca.
Allí, los investigadores encontraron herramientas de piedra y hueso asociadas con restos de gonfotéridos, caballos americanos y venados. La investigación registró 156 artefactos líticos, entre ellos lascas, núcleos, raspadores y piezas retocadas. También identificó instrumentos elaborados con hueso y asta, incluidos elementos interpretados como cuchillos, perforadores y raspadores.
Uno de los datos más relevantes fue una datación por radiocarbono de 11.740 ± 110 años antes del presente, obtenida sobre restos óseos recuperados en uno de los depósitos estudiados. Esta fecha sitúa el contexto en la transición entre el Pleistoceno tardío y los comienzos del Holoceno, aunque su conversión a años calendáricos requiere calibración.
El valor de Tibitó reside en la asociación espacial y estratigráfica de materiales que, considerados por separado, contarían una historia incompleta. Las piedras talladas revelan actividades tecnológicas; los restos animales permiten reconstruir la fauna; y la distribución de los objetos ayuda a investigar qué pudo ocurrir en aquel lugar.
No se trataba simplemente de un paisaje con fósiles dispersos. Los arqueólogos documentaron concentraciones particulares de restos, artefactos y materiales afectados por el fuego, cuya disposición llevó a Correal a interpretar los depósitos como evidencias de actividad humana relacionada con la megafauna.

¿Cazadores de gigantes?
La imagen de pequeños grupos humanos enfrentándose a animales de varias toneladas despierta una pregunta inevitable: ¿cómo podían los primeros habitantes de la sabana aprovechar recursos tan imponentes?
La respuesta no tiene por qué reducirse a una confrontación directa entre un cazador y un gigante. La cacería de grandes mamíferos pudo requerir cooperación, conocimiento del terreno, selección de oportunidades y herramientas capaces de cortar, raspar o procesar tejidos animales. También es necesario considerar que los humanos pudieron aprovechar animales encontrados muertos o participar en diferentes etapas de su procesamiento.
En Tibitó, algunas evidencias resultan especialmente sugestivas. Correal describió fragmentos de costillas de gonfotéridos con incisiones paralelas que podían corresponder a marcas producidas por instrumentos durante el descarnado o el corte. Asimismo, identificó huesos calcinados, herramientas y agrupaciones de defensas y molares en depósitos arqueológicos.
En uno de estos contextos, las defensas de dos individuos presentaban una disposición particular y estaban asociadas con piedras, restos de otros animales, carbón y artefactos. Para el investigador, la combinación de estos elementos hacía poco probable que toda la acumulación se explicara por procesos naturales de transporte.
Estas observaciones sustentaron la interpretación de que los habitantes de la región habían intervenido en el aprovechamiento de la megafauna. No obstante, es importante diferenciar entre la evidencia de asociación humana y la demostración inequívoca de una cacería: una herramienta próxima a un hueso no prueba, por sí sola, que el animal fuera abatido por quienes fabricaron esa herramienta.
La presencia de incisiones compatibles con el procesamiento de una carcasa, cuando se identifica de manera segura, ofrece un indicio más específico de intervención humana. Aun así, el origen de cada marca y la historia de formación del depósito deben evaluarse cuidadosamente.
Tibitó invita, por tanto, a imaginar sociedades activas y técnicamente capaces, sin convertir una interpretación arqueológica en una escena de caza que el registro no permite reconstruir por completo.
La inteligencia detrás de la supervivencia
La importancia de estos hallazgos trasciende el consumo de carne. Fabricar herramientas implica seleccionar materias primas, reconocer las propiedades de la piedra y aplicar movimientos precisos para obtener bordes útiles. El estudio de Correal identificó el uso de chert, una roca rica en sílice disponible en afloramientos cercanos, además de instrumentos elaborados con materiales animales.
Estas tecnologías muestran que los primeros habitantes de la altiplanicie poseían conocimientos prácticos sobre su entorno. Las herramientas no eran objetos aislados: formaban parte de un conjunto de actividades que podían incluir la obtención de alimentos, el procesamiento de animales y el aprovechamiento de materias primas.
También es posible que los grupos humanos combinaran la caza con la recolección de plantas y la explotación de animales de diferentes tamaños. Los ecosistemas del final del Pleistoceno eran dinámicos y ofrecían recursos distribuidos de manera desigual. Sobrevivir en ellos exigía flexibilidad, movilidad y conocimientos transmitidos entre individuos.
El registro de Tibitó no permite reconstruir todas las dimensiones sociales de aquellos grupos, ni determinar con certeza cómo se organizaban para cada actividad. Sin embargo, sí permite reconocer que la historia humana de la sabana comenzó mucho antes de la agricultura, la cerámica y las sociedades que conocemos por los periodos arqueológicos posteriores.
Un paisaje en transformación
La sabana de hace casi 12.000 años no era idéntica a la actual. Los análisis de polen y sedimentos estudiados en el contexto de Tibitó indican una combinación de vegetación boscosa y espacios abiertos, con praderas y ambientes húmedos. Estas condiciones ayudaban a sostener comunidades de herbívoros de gran tamaño.
Con el paso del tiempo, las variaciones de temperatura y humedad transformaron la distribución de la vegetación. Los bosques se expandieron en determinados periodos, mientras que las áreas abiertas y los humedales cambiaron de extensión y composición.
Tales modificaciones tuvieron consecuencias para los animales y las poblaciones humanas que dependían de esos ambientes. La desaparición de los gonfotéridos y otros grandes mamíferos formó parte de una reorganización ecológica de enorme alcance, aunque el registro de un solo sitio no permite establecer por sí mismo las causas exactas de la extinción.
La arqueología y la paleontología, al trabajar conjuntamente, permiten estudiar esta transición desde perspectivas complementarias: una reconstruye las relaciones de los humanos con los animales; la otra investiga la historia biológica de las especies y los cambios de sus hábitats.
Una historia que continúa abierta
Décadas después de las excavaciones originales, la interpretación de los primeros sitios arqueológicos de Colombia sigue siendo objeto de discusión. Revisiones tecnológicas y estratigráficas han señalado dificultades para establecer la asociación inequívoca entre algunos artefactos y los niveles más antiguos de sitios como Tibitó y El Abra. Estas críticas no borran los hallazgos, pero recuerdan que las conclusiones arqueológicas deben revisarse a medida que aparecen nuevos métodos y datos.
La discusión es importante porque la presencia humana junto a la megafauna, el aprovechamiento de sus restos y la cacería efectiva son cuestiones relacionadas, pero diferentes. Distinguirlas permite comprender mejor qué hicieron realmente las primeras poblaciones sudamericanas y evita atribuirles conductas que la evidencia disponible no demuestra.
La historia de Tibitó no necesita exageraciones para resultar extraordinaria. Sus piedras talladas, restos animales y depósitos arqueológicos permiten asomarse a un mundo en el que los seres humanos compartieron territorio con algunos de los mamíferos más grandes que caminaron por Sudamérica.
Bajo la moderna sabana de Bogotá permanece así una historia mucho más antigua que la ciudad: la de comunidades humanas que aprendieron a vivir en un paisaje cambiante y que, en circunstancias todavía por esclarecer, interactuaron con los últimos gigantes de una América desaparecida.