El ave que viaja tres veces a la Luna: el increíble viaje del charrán ártico

El charrán ártico emprende cada año una travesía entre los dos extremos del planeta. Durante su vida, sus alas pueden llevarlo a recorrer una distancia equivalente a tres viajes de ida y vuelta a la Luna.

 

Hay viajes que parecen imposibles.

Algunos atraviesan desiertos. Otros cruzan montañas, océanos o continentes enteros. Pero existe un viajero que ha convertido el planeta completo en su territorio de paso.

Cada año, cuando el verano comienza a retirarse del Ártico y los días empiezan a acortarse, un pequeño ave marina de apenas unos cien gramos despliega sus alas y abandona las costas donde nació.

No sabe que está a punto de comenzar uno de los viajes más extraordinarios conocidos en el mundo animal.

Es el charrán ártico (Sterna paradisaea).

Y su destino está en el otro extremo de la Tierra.


De un polo al otro

El charrán ártico cría en las regiones septentrionales del planeta: las costas, islas y tundras del Ártico y las zonas subárticas de Europa, Asia y Norteamérica.

Pero su verano no termina allí.

Cuando el frío comienza a regresar al norte, emprende el vuelo hacia el sur. Cruza océanos y sigue rutas que pueden llevarlo hasta las aguas próximas a la Antártida, donde encuentra el verano austral.

Después, meses más tarde, realiza el viaje inverso.

Ártico. Antártida. Ártico.

Una y otra vez.

Los estudios de seguimiento mediante geolocalización han demostrado que algunos individuos pueden recorrer más de 80.000 kilómetros en un solo año. La distancia varía según el individuo y la ruta, pero incluso las estimaciones más conservadoras convierten al charrán ártico en el campeón de las grandes migraciones regulares.

No se trata simplemente de una larga travesía.

Es una vida entera escrita sobre el mapa del planeta.

Sterna paradisaea ( en:Charrán ártico ), distribución migratoria, rojo: reproducción, azul: invierno, verde: migración
Autor fotográfico: Andreas Trepte –

Un viaje que desafía la imaginación

Imaginemos por un momento que pudiéramos seguir a uno de estos viajeros desde el instante en que abandona el Ártico.

Vuela sobre aguas abiertas.

Debajo de él desaparecen las costas. El horizonte se convierte en una línea interminable. El viento cambia. Las estaciones cambian. El paisaje cambia.

Pero el charrán continúa.

En el camino aprovecha los recursos que encuentra en el océano: pequeños peces, crustáceos, kril y otros invertebrados marinos. Puede lanzarse en picado para capturar presas cerca de la superficie y, ocasionalmente, perseguir insectos en pleno vuelo.

Después de miles de kilómetros, alcanza las regiones australes.

Allí ocurre algo extraordinario: este pequeño viajero consigue experimentar dos veranos cada año.

Cuando el verano desaparece en el Ártico, comienza en la Antártida.

Y cuando el verano austral llega a su fin, el charrán vuelve hacia el norte.

Es como si persiguiera eternamente al Sol.


Tres viajes de ida y vuelta a la Luna

Aquí comienza una de las comparaciones más sorprendentes de toda la historia natural.

Un charrán ártico puede vivir más de dos décadas, y algunos individuos han alcanzado más de 30 años.

Si durante una vida de aproximadamente 30 años acumulara unos 2,4 millones de kilómetros de vuelo, habría recorrido una distancia que resulta difícil de imaginar.

La distancia media entre la Tierra y la Luna es de unos 384.400 kilómetros.

Un viaje de ida y vuelta equivale a unos 768.800 kilómetros.

Por tanto:

2.400.000 km ÷ 768.800 km ≈ 3,1

Es decir, un charrán ártico que complete una vida migratoria de ese orden podría recorrer aproximadamente tres veces la distancia necesaria para viajar de la Tierra a la Luna y regresar.

Todo eso…

sin abandonar nunca este planeta.

Su odisea ocurre sobre nuestros océanos.


charrán ártico (Sterna paradisaea). créditos fotográficos: Reykjavík, Reykjavik, Ísland

Un cuerpo diseñado para viajar

A primera vista, el charrán ártico no parece un atleta extremo.

Mide aproximadamente 33–39 centímetros y tiene una envergadura de entre 76 y 85 centímetros. Su peso suele encontrarse alrededor de los 86–127 gramos.

Pero sus alas cuentan otra historia.

Son largas, estrechas y puntiagudas, perfectamente adaptadas para el vuelo prolongado. Su cola profundamente bifurcada ayuda a maniobrar mientras explora las aguas en busca de alimento.

El contraste de su plumaje también es inconfundible: cuerpo gris y blanco, capucha negra, pico rojo y patas rojas.

Un pequeño destello de color sobre un océano inmenso.

Y quizá una de sus características más impresionantes sea precisamente su aparente fragilidad.

Un animal que pesa menos que muchas botellas de agua puede convertirse en uno de los grandes viajeros del planeta.


Navegar sin carreteras

La migración no consiste en seguir una línea recta de un polo al otro.

Las rutas pueden ser extraordinariamente complejas.

Los charranes aprovechan vientos favorables y zonas oceánicas productivas, y algunos realizan grandes desviaciones que aumentan considerablemente la distancia total recorrida.

Es una estrategia energética.

En un viaje de decenas de miles de kilómetros, cada corriente de aire favorable puede marcar una diferencia.

Cada área rica en peces puede convertirse en una estación de alimentación.

Cada tormenta puede representar un peligro.

Y cada error de navegación puede tener consecuencias.

Porque, para un animal que pasa buena parte de su existencia sobre el océano abierto, el planeta no ofrece carreteras.

Solo viento, agua, luz y memoria.


El regreso al lugar donde comenzó todo

La migración no tiene únicamente una dimensión geográfica.

También es una historia familiar.

Los charranes árticos forman colonias reproductivas y suelen regresar a los mismos lugares de cría. Son aves longevas y pueden reproducirse durante muchos años.

Durante la temporada reproductiva, macho y hembra colaboran en la defensa del territorio y en la incubación.

La puesta suele contener entre uno y tres huevos.

Cuando nacen los polluelos, comienza otra etapa de la aventura.

Los padres llevan alimento a sus crías y las acompañan hasta que adquieren independencia.

Y entonces llega el momento inevitable.

Los jóvenes deberán aprender el camino.

El mismo océano que sus padres cruzaron.

Los mismos cambios de estación.

El mismo viaje hacia el sur.

Y algún día, si sobreviven, emprenderán el regreso.


El pequeño guardián de su nido

Existe una contradicción fascinante en el carácter del charrán ártico.

En el océano abierto es un viajero silencioso y ligero.

Pero cuando alguien se aproxima a su colonia, puede transformarse en un formidable defensor.

Estas aves pueden atacar a depredadores e incluso enfrentarse a seres humanos que se acercan demasiado a sus nidos.

Se lanzan desde el aire y golpean con el pico.

El mensaje es inequívoco:

este pequeño territorio es mío.

Los huevos y polluelos están expuestos a depredadores como grandes gaviotas y otros animales, por lo que la defensa colectiva de la colonia puede ser esencial para la supervivencia de las crías.


El precio de vivir en un océano que cambia

Durante mucho tiempo, la historia del charrán ártico pareció ser una historia de abundancia.

La especie posee una distribución circumpolar enorme y su población mundial ha sido estimada en alrededor de un millón de individuos.

Actualmente, la UICN clasifica al charrán ártico como de Preocupación Menor (LC) a escala global.

Pero una categoría de riesgo relativamente baja no significa que todo esté bien.

La especie ha experimentado declives en determinadas regiones. En algunas zonas, particularmente hacia el extremo sur de su distribución, las poblaciones han disminuido.

Entre las amenazas se encuentran la disponibilidad de alimento, la perturbación de las colonias reproductivas, la depredación y las presiones humanas sobre los ecosistemas marinos.

Además, existe una amenaza que podría resultar especialmente importante para un animal cuyo ciclo vital depende de los océanos:

el cambio climático.

El charrán ártico no migra simplemente entre dos puntos geográficos. Su supervivencia depende de una compleja red de ecosistemas marinos, temperaturas, corrientes oceánicas y disponibilidad de peces.

Si el océano cambia, también cambia el mapa invisible que sostiene su viaje.


Un viajero que nos conecta con los dos polos

Quizá la grandeza del charrán ártico no esté únicamente en los kilómetros que recorre.

Está en lo que esos kilómetros representan.

Este pequeño animal conecta dos de los ambientes más extremos de la Tierra.

Su vida transcurre entre el hielo del norte y las aguas australes.

Entre la tundra y el océano.

Entre dos veranos.

Entre dos mundos.

Cuando nosotros miramos un mapa, vemos continentes separados por océanos.

El charrán ártico ve otra cosa.

Ve un solo planeta.


La última travesía

Imaginemos ahora a un charrán viejo.

Después de décadas de migraciones, sus alas han atravesado océanos incontables veces. Ha visto nacer y morir generaciones en sus colonias. Ha sobrevivido tormentas, depredadores y largos periodos sobre el mar.

Quizá, a lo largo de su existencia, haya recorrido unos 2,4 millones de kilómetros.

Tres viajes de ida y vuelta a la Luna.

Y, sin embargo, nunca estuvo cerca de abandonar la Tierra.

Cada primavera regresó.

Cada otoño partió.

Cada año volvió a perseguir el verano.

Y mientras sus alas continúan dibujando una gigantesca ruta entre los dos polos, el charrán ártico nos recuerda algo extraordinario:

la Tierra puede parecer inmensa para nosotros, pero para algunas criaturas su verdadero hogar no es un continente, ni una costa, ni siquiera un hemisferio.

Es el planeta entero.


Ficha naturalista

Nombre común: Charrán ártico / gaviotín ártico
Nombre científico: Sterna paradisaea
Familia: Laridae — subfamilia Sterninae
Longitud: 33–39 cm
Envergadura: 76–85 cm
Peso: aproximadamente 86–127 g
Alimentación: principalmente pequeños peces y crustáceos marinos
Longevidad: puede superar los 30 años
Migración: Ártico–Antártida y regreso
Distancia anual: puede superar los 80.000 km en algunos individuos
Distancia acumulada estimada durante una larga vida: hasta unos 2,4 millones de km
Estado global: Preocupación Menor (LC), UICN
Récord: considerada la migración regular más larga conocida entre los animales

Una cifra para recordar

2.400.000 kilómetros.

Esa es una distancia que cabe difícilmente en nuestra imaginación.

Pero quizá exista una forma más sencilla de comprenderla:

un pequeño charrán ártico puede recorrer durante su vida una distancia equivalente a unas tres veces un viaje de ida y vuelta entre la Tierra y la Luna.

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