Durante décadas creímos que las antenas eran la única “nariz” de estos insectos. Ahora, un descubrimiento revela que las alas también perciben aromas, abriendo una nueva ventana para comprender la evolución de los sentidos en la naturaleza.
Durante siglos, las alas de las mariposas y polillas fueron admiradas como auténticas obras de ingeniería evolutiva. Eran consideradas estructuras destinadas únicamente al vuelo, al equilibrio y, en algunas especies, a desplegar colores capaces de atraer parejas o intimidar depredadores. Sin embargo, la ciencia acaba de demostrar que estas delicadas superficies esconden una capacidad completamente inesperada: también pueden oler.
Un equipo internacional de investigadores descubrió que la polilla esfinge del tabaco (Manduca sexta) posee estructuras sensoriales distribuidas en sus alas capaces de detectar moléculas químicas presentes en el aire. El hallazgo desafía uno de los principios más aceptados de la neurobiología de insectos y sugiere que la percepción del mundo químico es mucho más compleja de lo que imaginábamos.
Un sexto sentido escondido en el vuelo
Para un insecto, el olor es mucho más que una simple percepción.
Es el lenguaje invisible que permite encontrar alimento, localizar parejas reproductivas, escapar de depredadores y elegir cuidadosamente el sitio donde depositar los huevos.
Hasta ahora, los científicos atribuían esta capacidad casi exclusivamente a las antenas.
Pero cuando los investigadores observaron las alas mediante microscopía electrónica de barrido encontraron algo extraordinario.
En los bordes de las alas aparecían pequeñas cerdas sensoriales con características nunca antes descritas: además del poro típico asociado con el gusto por contacto, presentaban diminutos poros distribuidos a lo largo de toda su superficie, una característica clásica de los receptores olfativos capaces de captar moléculas transportadas por el aire.
Era la primera pista de que aquellas alas podían hacer mucho más que sostener el vuelo.
Cuando la genética confirmó lo imposible
La siguiente pregunta era inevitable.
¿Aquellas estructuras realmente funcionaban como órganos olfativos?
Para responderla, los científicos analizaron qué genes estaban activos dentro de las alas.
Los resultados fueron sorprendentes.
Encontraron la expresión de múltiples genes relacionados con receptores químicos, incluidos receptores gustativos (GR) y receptores ionotrópicos (IR), proteínas conocidas por participar en la detección de sustancias presentes en el ambiente. También identificaron genes asociados con receptores de olores, aunque sin detectar el correceptor ORCo, indispensable para el funcionamiento del sistema olfativo clásico basado en antenas.
Este detalle sugiere que las alas no duplican el trabajo de las antenas.
Más bien, parecen utilizar un sistema olfativo alternativo, especializado en detectar determinados compuestos químicos.
El experimento que hizo “oler” a unas alas
Las evidencias anatómicas y genéticas eran prometedoras, pero faltaba demostrar que las alas realmente respondían a los olores.
Para ello, los investigadores desarrollaron una técnica similar a la utilizada para registrar la actividad eléctrica de las antenas, denominada electrowingografía.
Mientras las alas eran expuestas a diferentes sustancias químicas, los sensores registraban su actividad eléctrica.
La mayoría de los compuestos no produjo ninguna reacción.
Pero dos moléculas destacaron inmediatamente: pirrolidina y piperidina.
Cada vez que estas sustancias alcanzaban las alas, aparecía una clara respuesta eléctrica, demostrando que el tejido alar detectaba activamente estos compuestos presentes en el aire.

El olor de las plantas donde comienza una nueva vida
¿Por qué precisamente esas moléculas?
La respuesta conduce directamente al ciclo de vida de la polilla.
La pirrolidina y la piperidina son compuestos estrechamente relacionados con los alcaloides producidos por plantas de la familia de las solanáceas, como el tabaco (Nicotiana), el estramonio (Datura) y otras especies utilizadas por estas polillas para alimentar a sus larvas.
Los investigadores plantean que las alas podrían ayudar a evaluar la calidad de una planta mientras la hembra revolotea sobre ella antes de depositar sus huevos.
En otras palabras, las alas podrían convertirse en un segundo sistema de navegación química que complementa la información captada por las antenas durante uno de los momentos más importantes del ciclo reproductivo.
Un rompecabezas evolutivo
Este descubrimiento también aporta nuevas pistas sobre la evolución de los insectos.
Las cerdas sensoriales encontradas en las alas presentan similitudes con receptores químicos localizados en las patas de otras polillas, reforzando la hipótesis evolutiva de que las alas y las extremidades comparten un origen común.
Más sorprendente aún es que estas estructuras parecen cumplir tres funciones simultáneas:
- detectar vibraciones durante el vuelo;
- percibir sustancias por contacto;
- captar determinadas moléculas volátiles presentes en el aire.
Es decir, un mismo órgano integra información mecánica, gustativa y olfativa, una sofisticación sensorial que hasta ahora no había sido reconocida en las alas de los lepidópteros.
Una nueva forma de entender los sentidos
Cada gran descubrimiento científico nos recuerda que la naturaleza suele ser mucho más ingeniosa que nuestras teorías.
Lo que parecía una simple superficie destinada a mantener el vuelo resulta ser una sofisticada plataforma sensorial capaz de recopilar información sobre el entorno.
Aunque aún quedan preguntas abiertas —como la forma exacta en que el cerebro integra las señales provenientes de las alas y las antenas— este trabajo demuestra que la percepción química de los insectos está distribuida por todo el cuerpo y no concentrada únicamente en la cabeza.
Quizá la mayor lección de este estudio sea una invitación a mirar la naturaleza con humildad. Incluso en organismos que creemos conocer bien, todavía existen capacidades ocultas esperando ser descubiertas. Y, en este caso, la ciencia encontró una nariz donde nadie imaginó buscar: en el silencioso batir de unas alas.
