Recreación artística de Spinosaurus mirabilis. Créditos: Dani Navarro
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Spinosaurus mirabilis, el gigante crestado que reinó en los ríos del Sahara

El sol cae sobre un bosque ribereño que ya no existe.

Hace 95 millones de años, donde hoy se extiende el desierto del Sahara, fluían ríos anchos y lentos entre coníferas y helechos arborescentes. El aire era húmedo. El agua, turbia. Y en la orilla, inmóvil como una sombra entre los juncos, aguardaba un gigante.

Su silueta no era como la de ningún otro depredador de su tiempo. El hocico largo y bajo, los dientes entrelazados como una trampa viva… y sobre el cráneo, elevándose como una hoja curva al viento, una cresta en forma de cimitarra.

Era “Spinosaurus mirabilis”, la nueva especie descubierta en Níger que está reescribiendo la historia de los dinosaurios más acuáticos del planeta.

Un hallazgo en el corazón del desierto

El fósil emergió en Jenguebi, en el Sahara central, dentro de sedimentos fluviales de la Formación Farak. El equipo liderado por “Paul C. Sereno” publicó el hallazgo en “Science” en 2026.

Durante años, el debate científico se concentró en “Spinosaurus aegyptiacus”, el icónico depredador de lomo velado del norte de África. ¿Nadaba activamente bajo el agua como un cocodrilo colosal? ¿O acechaba en la orilla como una garza gigante?

El nuevo descubrimiento aporta una pieza crucial: “Spinosaurus mirabilis” no proviene de ambientes marinos costeros, sino de un sistema fluvial interior. Un mundo de ríos, no de océanos.

El cazador de aguas poco profundas

Imaginemos la escena.

Un celacanto gigante, “Mawsonia”, lucha en aguas bajas. Desde la orilla, el espinosáurido avanza con pasos largos y calculados. No se sumerge completamente. No lo necesita.

Su hocico estrecho penetra el agua.

Los dientes superiores e inferiores se interdigitan como los de una trampa hidráulica.

La presa queda asegurada.

Los análisis morfométricos sitúan a los espinosáuridos en una posición ecológica intermedia entre aves zancudas y buceadoras modernas. No eran simples carnívoros terrestres. Tampoco delfines con patas. Eran algo distinto: especialistas en el borde, en la frontera entre tierra y agua.

La cresta más alta entre los terópodos

Pero lo que realmente distingue a S. mirabilis es su cresta craneal: la más desarrollada conocida en cualquier dinosaurio terópodo.

En vida, probablemente estuvo recubierta por una vaina queratinosa, similar a la de la pintada con casco, “Numida meleagris”. En aves modernas, estas estructuras funcionan como señales visuales: advertencia, reconocimiento, cortejo.

La cresta de “Spinosaurus mirabilis” sugiere que la exhibición era parte central de su biología. No era solo un depredador. Era un animal que necesitaba comunicar poder, madurez o dominio.

Quizá, en los claros ribereños, dos gigantes crestados se observaban a distancia antes de decidir si luchar o retirarse.

Una dinastía en tres actos

El estudio no solo describe una nueva especie; reconstruye la historia evolutiva completa de los espinosáuridos.

Primer acto — Jurásico:

Evoluciona un cráneo alargado especializado en capturar peces. El linaje se divide en barioniquinos y espinosaurinos.

Segundo acto — Cretácico Inferior:

Ambos grupos se expanden alrededor del mar de Tetis y dominan ecosistemas acuáticos costeros.

Tercer acto — Cretácico Tardío:

Gigantismo. Especialización extrema. Restricción geográfica al norte de África y Sudamérica.

Spinosaurus mirabilis pertenece a esta última fase: el clímax evolutivo… y el preludio del final.

El cambio que transformó el mundo

Hace 95 millones de años, un abrupto aumento del nivel del mar alteró profundamente los sistemas fluviales y costeros. El clima cambió. Los hábitats ribereños se transformaron.

Los espinosáuridos, altamente especializados, quedaron atrapados en su propia adaptación.

No desaparecieron por un impacto súbito.

Se extinguieron porque el mundo dejó de parecerse al mundo que los había hecho posibles.

Más que un dinosaurio acuático

Durante décadas, Spinosaurus fue presentado como el dinosaurio “más acuático” jamás descubierto. Pero S. mirabilis matiza esa narrativa.

No era un nadador oceánico permanente.

Era un coloso de riberas.

Un depredador que caminaba en aguas poco profundas.

Un animal cuya biología combinaba pesca especializada y exhibición visual.

Un gigante del umbral.

El Sahara que fue

Hoy, el viento del desierto cubre lentamente los yacimientos de Jenguebi. Pero bajo la arena yace la memoria de un ecosistema exuberante y de una radiación evolutiva que se extendió durante 50 millones de años.

El descubrimiento de Spinosaurus mirabilis no solo añade una nueva especie al registro fósil. Nos recuerda que la evolución no es una línea recta hacia la perfección, sino una danza delicada entre adaptación y cambio ambiental.

Y que incluso los gigantes crestados pueden desaparecer cuando el río deja de fluir.

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