Las ruinas mayas de Aké esconden una historia inesperada: una comunidad floreció entre templos derrumbados

Durante siglos, las antiguas construcciones mayas fueron consideradas símbolos de ciudades abandonadas. Sin embargo, un estudio arqueológico revela que las ruinas de Aké, en la península de Yucatán, continuaron siendo el escenario de una comunidad dinámica donde convivían seres humanos, plantas, animales y ancestros.

 

Cuando una gran ciudad pierde su poder político y sus monumentos comienzan a desmoronarse, es fácil imaginar un paisaje desolado, donde la vegetación conquista las piedras y el tiempo borra las huellas de sus habitantes. Pero la historia de Aké, una antigua ciudad maya del actual estado mexicano de Yucatán, desafía esa imagen.

Una investigación publicada en la revista científica Latin American Antiquity por el antropólogo Roberto Rosado-Ramírez demuestra que el declive de esta ciudad no significó necesariamente el abandono de su territorio. Entre los años 1100 y 1550 d. C., cuando sus antiguos edificios monumentales ya se encontraban en ruinas, el corazón de Aké volvió a albergar una comunidad que transformó aquel paisaje y construyó nuevas formas de relacionarse con su pasado.

Una ciudad que renació entre las piedras

La historia de Aké se remonta a más de 2.500 años. Durante su apogeo, esta ciudad llegó a albergar una población estimada de hasta 19.000 habitantes, alrededor del año 900 d. C. Su centro estaba organizado alrededor de una gran plaza pavimentada, delimitada por siete edificios monumentales que dominaban el paisaje y estaban conectados con otros asentamientos mediante caminos elevados.

Sin embargo, entre los años 1000 y 1100 d. C., la región experimentó una profunda transformación política. Las sequías prolongadas, los conflictos regionales y la inestabilidad contribuyeron al colapso de la organización política de las ciudades del norte de Yucatán.

Sin el mantenimiento necesario, las grandes construcciones comenzaron a deteriorarse. La humedad, la erosión, la gravedad y el crecimiento de la vegetación transformaron progresivamente los antiguos edificios en montículos de piedra.

Pero mientras la arquitectura monumental perdía su forma original, el lugar seguía ofreciendo recursos, espacios habitables y conexiones con las generaciones anteriores.

Las evidencias arqueológicas revelaron que, alrededor del año 1100 d. C., una nueva comunidad comenzó a establecerse en el centro amurallado de Aké.

Un montículo tardío en el epicentro de Ake, con bloques de edificios monumentales reutilizados en sus cimientos. Fotografía cortesía de Roberto Rosado-Ramírez.

96 montículos revelan la vida entre las ruinas

Uno de los hallazgos más reveladores del estudio fue la identificación de 96 pequeños montículos distribuidos entre los restos de la antigua ciudad.

Estas estructuras, construidas sobre plazas, caminos y edificios deteriorados, servían como cimientos para viviendas levantadas con postes y techos de materiales vegetales. Al menos el 75 % de los montículos tardíos estudiados incorporaba bloques de piedra procedentes de las antiguas construcciones monumentales.

Los investigadores también identificaron agrupaciones de viviendas alrededor de patios, un patrón arquitectónico característico de los conjuntos residenciales de familias extensas mayas.

Los restos arqueológicos permiten reconstruir parte de la vida cotidiana de sus habitantes: las personas preparaban alimentos, fabricaban herramientas de piedra, tejían textiles, mantenían sus viviendas y trabajaban en parcelas agrícolas. Los depósitos de residuos contenían fragmentos de vasijas, herramientas líticas y huesos de animales.

Lejos de ser un espacio vacío, el antiguo centro urbano se había convertido en un lugar habitado y transformado para responder a las necesidades de una nueva generación.

Además, la continuidad de los materiales arqueológicos y las semejanzas entre los objetos encontrados dentro y fuera del recinto sugieren que este proceso pudo representar una reorganización de la comunidad, más que un reemplazo completo de sus habitantes.

Santuario erigido en la base de un edificio en ruinas: (a) antes de la excavación horizontal; (b) en el centro, detalle de un fragmento de estela del Clásico Temprano reutilizado en su construcción. Fotografías cortesía de Roberto Rosado-Ramírez.

Cuando las ruinas también eran lugares sagrados

La investigación propone una interpretación que va más allá de la arquitectura y la organización doméstica.

Para comprender cómo se relacionaban los antiguos mayas con las ruinas, el estudio considera las concepciones indígenas del mundo en las que los seres humanos, los animales, las plantas, los objetos y las entidades espirituales podían mantener relaciones activas entre sí.

Desde esta perspectiva, los edificios monumentales no eran simplemente construcciones de piedra. Podían representar montañas sagradas, moradas de deidades y lugares vinculados con los antepasados.

Por eso, aunque perdieran su función política original, las ruinas de Aké conservaron su importancia simbólica y ritual.

Los arqueólogos encontraron vasijas y figurillas cerámicas depositadas entre los escombros de antiguos edificios. También documentaron pequeños santuarios construidos junto a estructuras derrumbadas o sobre sus restos, así como fragmentos de una estela antigua reutilizados en uno de estos espacios.


El escondite número 1 fue hallado entre los escombros de la Estructura 2, Ake. Fotografía cortesía de Rodolfo Canto Carrillo.

El escondite número 2 fue hallado entre los escombros de la Estructura 2, Ake. Fotografía cortesía de Rodolfo Canto Carrillo.

Estas evidencias sugieren que los habitantes continuaron realizando prácticas conmemorativas y ofrendas en el paisaje monumental.


Las piedras antiguas, por tanto, no solo proporcionaban materiales de construcción: también podían mantener vivos los vínculos con las generaciones anteriores.

La naturaleza también reconstruyó la ciudad

Mientras las personas adaptaban los espacios a sus necesidades, la vegetación y la fauna participaban en la transformación del paisaje.

Los escombros acumulaban humedad, materia orgánica y suelos capaces de favorecer el crecimiento de plantas. Estos ambientes también ofrecían refugio y alimento a distintos animales.

El estudio señala que los habitantes probablemente compartían aquel territorio con venados, pavos silvestres, armadillos, conejos, iguanas, ardillas, aves y otros animales. Los restos arqueológicos confirman que, al menos, los venados y los pavos silvestres formaban parte de su alimentación.

Las plantas proporcionaban materiales para construir viviendas, leña para cocinar y frutos aprovechables tanto por las personas como por la fauna. A su vez, diferentes animales contribuían a dispersar semillas, mientras que las abejas podían aprovechar el polen de la vegetación circundante.

Aunque algunos de estos detalles se reconstruyen a partir del conocimiento ambiental local y de las características actuales del territorio, el conjunto de evidencias permite plantear una idea fundamental: la recuperación ecológica y la vida humana no fueron procesos completamente separados.

Las ruinas de Aké se convirtieron en un paisaje compartido, donde la arquitectura antigua, las nuevas viviendas, la vegetación y los animales participaron en la configuración de una comunidad.

El verdadero final llegó con la colonización

La historia de esta comunidad experimentó otra transformación durante el siglo XVI.

Las evidencias históricas sugieren que Aké seguía formando parte de un territorio indígena durante la época colonial temprana. Sin embargo, entre aproximadamente 1567 y 1580, la comunidad pudo haber sido desplazada como consecuencia de las políticas españolas que obligaban a concentrar a las poblaciones indígenas en asentamientos administrados por las autoridades coloniales.

Este proceso habría contribuido a desarticular las relaciones sociales y territoriales que mantenían viva a la comunidad de Aké.

La investigación plantea así una reinterpretación importante de la historia maya: el fin de una ciudad como centro político no significaba necesariamente el fin de la vida comunitaria en sus ruinas. En el caso estudiado, la colonización europea pudo desempeñar un papel decisivo en la disolución de una comunidad que había persistido durante siglos después del colapso político.

Un legado que permanece vivo

Hoy, Aké continúa siendo un lugar habitado. La comunidad contemporánea de Ruinas de Aké mantiene diversas relaciones con las construcciones ancestrales: sus habitantes conviven con ellas, celebran actividades comunitarias y comparten el territorio con investigadores y visitantes.

Esta continuidad permite comprender que las ruinas no son únicamente vestigios de un pasado desaparecido. También forman parte de paisajes vivos, cargados de memoria, identidad y relaciones entre generaciones.

El estudio de Roberto Rosado-Ramírez invita a mirar las antiguas ciudades mayas desde otra perspectiva: no como escenarios inmóviles que quedaron vacíos después de un colapso, sino como territorios que cambiaron de forma, función y significado.

Porque, en Aké, la caída de los monumentos no marcó el final de la historia. Entre piedras, viviendas, animales, plantas y recuerdos ancestrales, una nueva comunidad encontró la manera de florecer.


Fuente científica: Rosado-Ramírez, R. (2026). Vibrant Maya Ruins: Community Territorialization in Ake, Yucatán, Mexico. Latin American Antiquity.

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