Un asentamiento de hace más de dos milenios revela la vida cotidiana de los mayas que habitaron lejos de los grandes palacios y pirámides
Durante siglos, la historia de la civilización maya ha llegado hasta nosotros a través de grandes ciudades, templos monumentales, estelas y palacios. Pero lejos de esos centros de poder existió otro mundo: el de las familias que construyeron sus viviendas, buscaron agua, utilizaron herramientas y dejaron pequeñas ofrendas para consagrar los lugares donde vivían.
Ahora, en el norte de la península de Yucatán, la arqueología comienza a devolverles la voz.
Allí, durante los trabajos de salvamento arqueológico asociados a la construcción de infraestructura ferroviaria, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) localizó un asentamiento maya hasta entonces desconocido: K’oxol Ja’ II.
El sitio fue descubierto a mediados de 2025 durante las investigaciones realizadas en la Terminal Multimodal de Progreso, vinculada al proyecto del Tren Maya de Carga. En lugar de ser trasladadas sus estructuras, el INAH decidió preservarlas in situ, es decir, en el mismo lugar donde fueron encontradas.
Una ventana hacia la vida de los mayas comunes
K’oxol Ja’ II ocupa aproximadamente 2.257 metros cuadrados y está compuesto por 21 monumentos y rasgos naturales asociados.
Pero su importancia no reside en la presencia de una gran pirámide o un palacio monumental.
Todo lo contrario.
Los vestigios arquitectónicos corresponden principalmente a cimientos y elementos asociados con antiguas viviendas, lo que apunta a que el asentamiento tuvo una función fundamentalmente habitacional.
Es precisamente esta característica la que convierte al lugar en una pieza particularmente valiosa para comprender la historia maya.
Porque una civilización no se construye únicamente en sus centros ceremoniales.
También existe en las casas.
En los espacios donde las personas almacenaban sus pertenencias, preparaban alimentos, obtenían agua, fabricaban objetos y desarrollaban su vida cotidiana.
Y K’oxol Ja’ II parece conservar parte de esa historia silenciosa.
Un nombre nacido del paisaje
El nombre del asentamiento también guarda una relación directa con el entorno.
Según explica el jefe de campo David Medina Arona, K’oxol Ja’ deriva de las voces mayas k’oxol, “mosco”, y ja’, “agua”.
El significado alude a los cuerpos de agua y a la abundancia de dípteros característica de esta geografía: “agua de los moscos” o “agua donde brotan los moscos”.
Es una denominación que parece conectar directamente el sitio arqueológico con uno de los elementos fundamentales de su paisaje: el agua.
Y precisamente el agua podría ser una de las claves para comprender cómo funcionaba esta antigua comunidad.
El agua: un recurso que debía ser gestionado
Entre las evidencias más interesantes encontradas en K’oxol Ja’ II está la relación de sus habitantes con los recursos hídricos.
Los arqueólogos identificaron cuerpos de agua tanto permanentes como estacionales.
Uno de ellos destaca especialmente: un cenote principal, en cuya entrada permanecen los restos de un brocal construido para modificar su acceso.
Según la interpretación presentada por el equipo arqueológico, esta estructura probablemente estuvo relacionada con la gestión y el consumo del agua.
Imaginemos la escena.
Hace más de un milenio, una persona se aproxima al cenote. El agua se encuentra protegida en el interior de la cavidad y el acceso ha sido acondicionado.
No estamos ante una monumental obra arquitectónica. Es algo mucho más cotidiano.
Una comunidad adaptando su espacio para controlar un recurso esencial. Una pequeña intervención que, miles de años después, permite a la arqueología aproximarse a la manera en que aquella población organizaba su vida.
Un asentamiento con una larga historia
La evidencia cerámica indica que K’oxol Ja’ II estuvo ocupado durante un periodo extraordinariamente amplio.
Sus primeras evidencias se remontan al Preclásico regional, alrededor del 400 a. C., y su ocupación habría continuado hasta el Clásico Tardío, entre 450 y 900 d. C.
Esto significa que el lugar atravesó siglos de transformaciones dentro de la historia maya.
Generaciones de habitantes pudieron ocupar aquel espacio, modificar sus viviendas y relacionarse con los mismos recursos naturales que definían el paisaje.
Los investigadores plantean además la posibilidad de que K’oxol Ja’ II haya sido una población de importancia intermedia, vinculada con el asentamiento conocido como El Chiik, localizado al noroeste y también identificado durante el salvamento arqueológico del Tren Maya de Carga.

Lo que no apareció también cuenta una historia
Hay otro aspecto fascinante del sitio: la ausencia.
En las áreas investigadas se encontró poca cerámica y no se localizaron entierros humanos.
La escasez de cerámica podría indicar que muchos de los objetos utilizados en las viviendas fueron fabricados con materiales perecederos, que difícilmente sobreviven al paso de los siglos.
La ausencia de entierros también podría estar relacionada con la geología del lugar.
Las viviendas fueron construidas prácticamente sobre la roca madre, por lo que los rellenos utilizados en las construcciones eran relativamente bajos. Esta poca profundidad habría dificultado colocar osamentas dentro de las viviendas y cubrirlas posteriormente con suficientes capas de tierra.
Así, incluso lo que no está presente se convierte en una pista.
La arqueología no solo lee los objetos encontrados. También interpreta los espacios vacíos.
Dos pequeñas ofrendas que sobrevivieron al tiempo
Entre todo lo recuperado durante las investigaciones existen apenas dos ofrendas.
Ambas fueron identificadas como consagraciones de cimientos y actualmente se encuentran bajo resguardo.
Los materiales recuperados “entre ellos objetos líticos, cerámica y sedimentos” continúan siendo analizados en laboratorio y gabinete.
Son pequeños vestigios frente a la inmensidad de la historia maya. Pero precisamente por eso resultan tan poderosos.
Porque permiten imaginar el momento en que una comunidad decidió marcar, proteger o consagrar el espacio donde levantaría sus viviendas.

El gran descubrimiento fue no destruirlo
Quizá uno de los aspectos más importantes de esta historia no sea únicamente el descubrimiento.
Sea lo que ocurrió después.
Los 21 monumentos fueron limpiados, sus muros restituidos y el área fue protegida mediante un cercado.
Además, el INAH y la Secretaría de la Defensa Nacional acordaron establecer un polígono de protección destinado a garantizar la conservación de K’oxol Ja’ II y permitir futuras investigaciones.
El resultado es poco habitual en nuestra relación con el pasado: un sitio arqueológico descubierto gracias a una obra contemporánea que, en lugar de desaparecer bajo ella, quedó protegido para que nuevas generaciones puedan estudiarlo.
La arqueología que devuelve la voz
Durante mucho tiempo, cuando pensamos en los mayas, nuestra imaginación se dirige inevitablemente hacia las grandes ciudades, pirámides, templos, palacios, gobernantes y sacerdotes. Pero K’oxol Ja’ II cuenta otra historia.
La de quienes vivieron lejos de los grandes monumentos, la historia de las personas que construyeron casas sobre la roca, dependieron de los cuerpos de agua del paisaje y dejaron pequeñas huellas de sus actividades cotidianas.
Quizá nunca sepamos sus nombres.
No dejaron grandes textos escritos que narraran sus vidas, pero dejaron algo diferente: el lugar donde vivieron. Y ahora la arqueología está aprendiendo a leerlo.
Como señala David Medina Arona en el boletín del INAH, estos sitios permiten completar la información sobre el pueblo maya porque muestran a aquellos habitantes que no dejaron registros escritos y que con frecuencia quedan fuera de las grandes narrativas históricas. La arqueología doméstica, afirma, permite “devolverles la voz”.
K’oxol Ja’ II no es solamente un asentamiento arqueológico
Es una pequeña ventana abierta hacia una parte de la civilización maya que rara vez aparece en las fotografías de las grandes ciudades. Una ventana hacia las viviendas, hacia el agua, hacia las ofrendas, hacia la vida cotidiana. Y, sobre todo, hacia las personas que habitaron el mundo maya mucho antes de que nosotros comenzáramos a buscar sus huellas. Hace más de dos mil años, alguien construyó allí un hogar. Hoy, después de siglos de silencio, ese lugar comienza nuevamente a hablar.
El descubrimiento fue comunicado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), Dirección de Medios de Comunicación, mediante el Boletín No. 389, 24 de agosto de 2026: “Salvamento arqueológico del Tren Maya de Carga localiza y preserva in situ el sitio K’oxol Ja’ II, en Yucatán”.
