Mucho antes de que los desiertos dominaran el norte de México, un océano cálido y profundo albergaba a uno de los depredadores más formidables que jamás hayan existido.
Hace entre 66 y 72 millones de años, donde hoy se extiende el árido paisaje de Nuevo León, las aguas del antiguo mar interior se agitaban con vida. No había carreteras ni ciudades: solo un vasto océano salpicado de criaturas colosales. En ese mundo, la ley la imponían los gigantes.
Entre ellos, uno ha emergido nuevamente desde el silencio fósil: “Prognathodon cipactli”, una nueva especie de mosasaurio que revela una historia olvidada de dominio, evolución y ferocidad.

Rivera-Sylva, Sánchez-Uribe, Guzmán-Gutiérrez, Rodríguez, Rangel-Morelos y Longrich, 2026
Un cráneo que cambió la historia
Todo comenzó en 2001, cuando en Rancho Las Barretas, cerca de Linares, fue descubierto un cráneo casi completo incrustado en rocas del Maastrichtiense inferior. Durante años, este fósil permaneció como un enigma, catalogado simplemente como un mosasaurio indeterminado.
Pero el tiempo, y una nueva mirada científica, cambiaron su destino.
Al ser reanalizado, los investigadores identificaron rasgos inequívocos de un depredador especializado: mandíbulas cortas pero poderosas, dientes robustos diseñados para triturar y un rostro compacto que sugería una mordida devastadora. Así nació “Prognathodon cipactli”, una especie que no solo amplía el árbol evolutivo de estos reptiles marinos, sino que redefine cómo entendemos su ascenso como superdepredadores.
El arte de cazar gigantes
En los mares del Cretácico tardío, sobrevivir no era suficiente: había que dominar.
Los mosasaurios, reptiles marinos emparentados lejanamente con los actuales lagartos, experimentaron una explosión evolutiva poco antes de su extinción en el evento que marcó el fin de los dinosaurios, el Evento de extinción Cretácico-Paleógeno. Durante este periodo, perfeccionaron estrategias de caza que los posicionaron en la cima de la cadena alimenticia.
“Prognathodon cipactli” encarna ese momento crucial.
A diferencia de otros gigantes que primero crecieron en tamaño, este depredador parece haber desarrollado antes su arsenal: una mandíbula capaz de someter presas grandes, posiblemente tortugas marinas, peces acorazados e incluso otros reptiles. Su anatomía sugiere una verdad fascinante: la ferocidad evolucionó antes que la gigantomaquia.
El mar que desapareció
El hogar de este coloso fue el antiguo Mar Interior Occidental, una vasta masa de agua que dividía Norteamérica en dos. Allí, la vida florecía en una compleja red ecológica donde cada especie ocupaba un rol preciso.
El hallazgo de “Prognathodon cipactli” no solo aporta una nueva especie a la ciencia; también ilumina un capítulo poco conocido: el de los mosasaurios en México. Aunque Norteamérica ha sido rica en fósiles de estos animales, el registro mexicano sigue siendo fragmentario, como piezas dispersas de un rompecabezas gigantesco.
Este descubrimiento añade una pieza clave.
Un nombre con ecos míticos
El nombre “cipactli” no es casual. Proviene de la mitología mexica, donde Cipactli es una criatura primordial, un ser monstruoso asociado con la creación del mundo.
El paralelismo es poderoso.
Como aquel ser legendario, “Prognathodon cipactli” emerge de las profundidades del tiempo, recordándonos que la Tierra ha sido, en más de una ocasión, un escenario gobernado por titanes.
Ecos de un mundo perdido
Hoy, el viento sopla sobre las rocas secas de Nuevo León. Nada en el paisaje sugiere que alguna vez estuvo cubierto por un océano repleto de depredadores colosales.
Y sin embargo, allí están las huellas.
Fósiles que susurran historias de cacerías en aguas profundas, de mandíbulas que crujían huesos y de un mundo donde la supervivencia dependía de la fuerza, la adaptación y la evolución.
“Prognathodon cipactli” no es solo una nueva especie. Es una ventana a un pasado donde los mares pertenecían a los gigantes… y donde cada descubrimiento nos acerca un poco más a comprender cómo la vida conquistó, una y otra vez, los rincones más extremos del planeta.
