Una nueva mirada a la biología de las abejas cuestiona la idea de que una colonia es simplemente una sociedad de insectos. ¿Dónde termina la vida de una abeja individual y dónde comienza la de un superorganismo?
En el interior de una colmena, miles de abejas se mueven como si siguieran una coreografía invisible. Unas alimentan a las larvas; otras limpian las celdas, regulan la temperatura o salen en busca de néctar y polen. En el centro de esta actividad se encuentra la reina, rodeada de obreras que la cuidan y mantienen las condiciones necesarias para la continuidad de la colonia.
A simple vista, parece una monarquía perfecta: una reina en el centro y miles de trabajadoras a su servicio. Sin embargo, esta imagen, tan arraigada en nuestra imaginación, puede ocultar una de las preguntas más fascinantes de la biología evolutiva: ¿es la colmena una sociedad de individuos o un organismo cuya anatomía está hecha de abejas?
La pregunta adquiere una nueva dimensión con la investigación On the life history of the honey bee superorganism, publicada en 2026 por Hannes A. Bonhoff y Heikki Helanterä en la revista científica Insectes Sociaux. Los investigadores examinan cómo nace, se desarrolla, se reproduce y muere una colonia de la abeja melífera occidental (Apis mellifera). Su propuesta cuestiona incluso una idea aparentemente intuitiva: que una colmena puede ser inmortal mientras su reina sea reemplazada por otra generación tras generación.
La respuesta exige mirar más allá de la reina. Exige reconsiderar qué entendemos por individuo.
Una reina entre miles: el mito del gobierno absoluto
La reina suele ocupar el centro de los relatos populares sobre las abejas. Su tamaño, su capacidad reproductiva y la dependencia de la colonia respecto a sus huevos han contribuido a representarla como una soberana que dirige el destino de sus súbditas.
Pero la biología de la colmena es mucho más compleja.
La reina no administra individualmente cada tarea ni da instrucciones conscientes a miles de obreras. La organización colectiva surge de interacciones entre individuos, señales químicas, respuestas al ambiente y comportamientos especializados. La alimentación de las larvas, la defensa, la búsqueda de recursos y la regulación del microclima dependen de una red de actividades coordinadas.
La reina desempeña, no obstante, una función decisiva: produce los huevos que originan buena parte de los integrantes de la colonia y contribuye a mantener su organización reproductiva. Su presencia influye en el comportamiento de las obreras, mientras que la supervivencia de la colonia depende también de la capacidad colectiva de alimentarse, cuidar la cría, defender el nido y responder a las condiciones ambientales.
No estamos, por tanto, ante una reina que gobierna como un monarca humano. Estamos ante un sistema biológico en el que la reproducción y el trabajo colectivo están estrechamente conectados.
Y es precisamente esa integración la que permite formular una hipótesis extraordinaria: tal vez la colonia sea algo más que la suma de sus integrantes.
¿Qué es un superorganismo?
Hace más de un siglo, el entomólogo William Morton Wheeler propuso comparar ciertas sociedades de insectos con organismos individuales. En un animal pluricelular, las células cumplen funciones diferentes y cooperan para mantener vivo el cuerpo. En una colonia altamente organizada, las abejas también desempeñan funciones complementarias que permiten sostener el conjunto.
La analogía no es perfecta, pero resulta reveladora.
En una colmena, las obreras pueden compararse funcionalmente con los tejidos de un organismo. No porque sean células verdaderas ni porque carezcan de autonomía, sino porque sus actividades se integran en un sistema mayor. La especialización del trabajo, la reproducción concentrada en determinadas castas y la dependencia mutua contribuyen a que la colonia actúe como una unidad biológica.
La abeja reina representa el componente reproductivo central; las obreras realizan buena parte de las funciones de mantenimiento, y los zánganos participan en la reproducción al aportar espermatozoides. La colonia, considerada en su conjunto, mantiene condiciones que permiten producir nuevas generaciones y sostener el desarrollo colectivo.
Esta perspectiva cambia la pregunta. En lugar de preguntarnos únicamente qué hace cada abeja, comenzamos a preguntarnos qué procesos realiza la colonia como unidad.
¿Construye y mantiene un nido? Sí. ¿Obtiene recursos y los distribuye? Sí. ¿Regula sus condiciones internas? Sí. ¿Produce individuos reproductivos y participa en la formación de nuevas colonias? También.
El concepto de superorganismo intenta explicar cómo estas funciones coordinadas pueden constituir una forma de individualidad biológica situada por encima de la abeja individual.
Pero queda una dificultad: si la colonia es un organismo, ¿qué sucede cuando muere su reina y otra ocupa su lugar?
La paradoja de una colmena que parece no morir
Durante mucho tiempo, la continuidad de una colmena a través de varias generaciones de reinas ha favorecido la idea de que la colonia es potencialmente inmortal. Las obreras envejecen y mueren; aparecen nuevas obreras; la reina puede ser reemplazada, y el nido continúa funcionando.
Desde fuera, parece que el organismo permanece mientras renueva sus componentes.
Sin embargo, Bonhoff y Helanterä proponen distinguir entre dos cosas: la persistencia de una población en un mismo nido y la vida de un organismo biológico particular.
La diferencia parece sutil, pero transforma la interpretación de todo el ciclo de vida.
Imaginemos una colonia que ocupa un hueco en un árbol. Tras un proceso de reemplazo, una reina hija comienza a reproducirse y origina una nueva generación de obreras. El nido sigue ocupado y muchas de las actividades parecen continuar sin interrupción.
¿Se trata del mismo organismo que simplemente renovó una de sus partes? ¿O estamos observando el nacimiento de un nuevo superorganismo que se desarrolla en el espacio ocupado por el anterior?
Los autores defienden la segunda interpretación. Según su propuesta, el reemplazo de la reina implica un cambio genético fundamental: la nueva reina procede de una combinación genética diferente, incluida la contribución de los zánganos con los que se apareó. Por ello, la colonia asociada a esa nueva reina puede interpretarse como un nuevo superorganismo, no como una versión rejuvenecida del anterior.
La continuidad del nido no equivale necesariamente a la continuidad del individuo.
Una misma cavidad puede albergar una sucesión de organismos, de la misma manera que un territorio puede ser heredado por generaciones sucesivas sin convertirse por ello en un ser vivo inmortal.
La aparente eternidad de la colmena sería, bajo esta interpretación, la continuidad de un linaje de superorganismos.
La reina como origen reproductivo de un cuerpo colectivo
Para desarrollar esta idea, la investigación propone una analogía entre el ciclo de vida de la colonia y el desarrollo de un animal pluricelular.
En esta interpretación, la reina fecundada ocupa una posición comparable a la de un cigoto: el punto de partida reproductivo de un nuevo superorganismo. Los huevos que produce originan nuevas abejas, y la aparición de las obreras permite construir progresivamente el sistema funcional de la colonia.
Al principio, una colonia en desarrollo depende de un conjunto limitado de funciones. A medida que emergen más obreras y estas asumen diferentes tareas, aumenta su capacidad para mantener el nido, conseguir alimento y cuidar la cría. Finalmente, cuando dispone de una organización funcional y alcanza la madurez reproductiva, puede participar en un nuevo ciclo de reproducción.
Esta comparación conduce a una idea poco intuitiva: la reina no sería simplemente un miembro privilegiado que vive dentro de una colonia ya constituida. Desde el marco teórico de los autores, constituye el componente reproductivo central de un superorganismo que se desarrolla, crece y termina siendo sustituido por su descendencia.
Eso no significa que una reina aislada sea equivalente a una colonia completa. Tampoco significa que las obreras sean células biológicas en sentido literal. La analogía se refiere a la organización funcional y al ciclo de vida del conjunto.
Las abejas siguen siendo organismos individuales, con cuerpos, necesidades y comportamientos propios. La cuestión es si, además, sus relaciones y su especialización permiten reconocer otra unidad biológica de nivel superior.
El enjambre: ¿nacimiento o supervivencia?
Pocas escenas ilustran mejor la complejidad de la vida colectiva que el enjambrazón.
En determinadas condiciones, una colonia produce nuevas reinas y se prepara para dividirse. Una parte de las abejas abandona el nido y se desplaza en busca de otro lugar donde establecerse. En el enjambre primario suele viajar la reina anterior, mientras que en los enjambres secundarios pueden desplazarse reinas jóvenes todavía no fecundadas.
Tradicionalmente, esta división se ha comparado con formas de reproducción asexual, como la fisión o la gemación: un organismo se fragmenta y da lugar a nuevas unidades.
Pero el análisis de Bonhoff y Helanterä cuestiona esa interpretación. El enjambre, por sí mismo, no constituye la reproducción completa de un nuevo superorganismo. La salida del nido ocurre antes de la fecundación de la reina joven y no basta para establecer un nuevo ciclo reproductivo.
Los autores proponen distinguir entre la división física de una colonia y la reproducción biológica del superorganismo.
En su interpretación, el enjambre primario permite que el superorganismo materno sobreviva al proceso reproductivo al trasladarse con su reina a otra cavidad. Los enjambres secundarios, en cambio, pueden contribuir a multiplicar la descendencia cuando las nuevas reinas se fecundan y las fracciones de la colonia establecen nuevos nidos.
La diferencia es esencial: dividirse no es necesariamente reproducirse.
Una colonia puede fragmentarse espacialmente sin que cada fragmento represente ya un organismo nuevo plenamente constituido. La reproducción, en este marco, requiere un proceso más amplio que incluye fecundación y desarrollo.
Esta distinción obliga a revisar una de las imágenes más conocidas de la biología de las abejas. El enjambre no sería simplemente una colmena que se parte en dos, sino una estrategia que organiza la supervivencia materna y las oportunidades reproductivas de la descendencia.
¿Son las obreras individuos o partes de un organismo?
Aquí aparece el núcleo filosófico y biológico del debate.
Cada obrera posee un cuerpo propio, responde a estímulos y puede modificar su comportamiento según su edad, las necesidades del nido y las condiciones ambientales. No es una célula: es un insecto completo.
Sin embargo, su vida se integra en un sistema donde muchas funciones indispensables para la supervivencia se distribuyen entre diferentes individuos. La colonia depende de la cooperación, y las obreras contribuyen al mantenimiento de una unidad colectiva capaz de crecer y reproducirse.
La individualidad biológica no siempre es una cuestión de fronteras físicas. También puede involucrar la integración funcional, la reproducción y la transmisión de información genética a través de generaciones.
Por eso, hablar de superorganismo no elimina la individualidad de las abejas. Propone que puede existir más de un nivel relevante de organización biológica.
Una obrera es un individuo en el nivel del insecto. La colonia puede ser un individuo evolutivo en otro nivel, siempre que se definan con rigor los criterios utilizados para reconocerlo.
La dificultad consiste en no confundir cooperación con identidad absoluta. Muchas especies forman grupos coordinados sin constituir superorganismos en el sentido evolutivo más estricto. En las abejas melíferas, la especialización de castas y la integración de sus funciones hacen que esa posibilidad merezca un análisis particular.
Una nueva manera de entender la muerte
Si aceptamos provisionalmente el marco de la investigación, la muerte de una colonia no puede evaluarse solo observando si el nido queda vacío o continúa ocupado.
Una cavidad puede ser abandonada, colonizada de nuevo o transmitida a una generación posterior. Una reina puede morir y ser reemplazada; una colonia puede enjambrar, o un nuevo superorganismo puede desarrollarse dentro del mismo nido mientras el anterior desaparece gradualmente.
Estos procesos no son equivalentes.
La distinción importa para estudiar las poblaciones silvestres, estimar su supervivencia y comprender la dinámica de enfermedades y parásitos. También tiene implicaciones para la apicultura: si la sustitución de una reina se interpreta como el nacimiento de un nuevo superorganismo, entonces determinadas prácticas de manejo deben evaluarse no solo en términos de productividad, sino también desde la perspectiva del ciclo de vida que se está modificando.
Los autores cuestionan, en particular, la idea de que introducir una reina nueva rejuvenece al mismo organismo. Según su interpretación, ese procedimiento reemplaza un componente reproductivo central y da lugar a un superorganismo genéticamente distinto.
Esta es una conclusión teórica con consecuencias prácticas, no una razón para asumir que todo reemplazo de reina es perjudicial. La productividad, la salud y la supervivencia de las colonias siguen siendo cuestiones que deben evaluarse mediante evidencia empírica y según los objetivos de cada sistema apícola.
Entonces, ¿quién es el verdadero individuo?
La pregunta inicial no admite una respuesta simple basada en la imagen de una reina que domina a sus obreras.
La abeja reina es un individuo, pero también cumple una función decisiva en la continuidad reproductiva de una organización colectiva. Las obreras son individuos, pero sus actividades coordinadas contribuyen a mantener una unidad funcional mayor. La colonia es una sociedad, pero puede interpretarse también como un superorganismo con desarrollo y reproducción propios.
La propuesta de Bonhoff y Helanterä va un paso más allá: sostiene que los superorganismos de Apis mellifera son mortales y que las colonias observadas a lo largo de los años pueden constituir un linaje de organismos sucesivos, en lugar de un único individuo potencialmente inmortal.
La hipótesis no convierte a la reina en una soberana absoluta ni reduce a las obreras a piezas intercambiables. Más bien, desplaza nuestra mirada desde la jerarquía social hacia la organización evolutiva de la vida.
Quizá la pregunta más reveladora no sea quién manda en la colmena, sino qué entidad nace, se desarrolla, se reproduce y muere cuando miles de abejas trabajan juntas.
En ese interrogante, una pequeña reina y el enjambre que la rodea abren una ventana a uno de los problemas fundamentales de la biología: cómo la cooperación entre individuos puede dar origen a nuevas formas de individualidad.
Y mientras las abejas continúan su trabajo silencioso, la colmena nos recuerda que, en la naturaleza, la frontera entre un individuo y muchos puede ser más compleja de lo que parece.
Referencia científica
Bonhoff, H. A., & Helanterä, H. (2026). On the life history of the honey bee superorganism. Insectes Sociaux. https://doi.org/10.1007/s00040-026-01124-7