Un nuevo estudio revela una sorprendente conexión entre el cuerpo y el cerebro que podría transformar nuestra comprensión del envejecimiento cerebral. Investigadores de la Universidad de California en San Francisco (UCSF) han identificado un mecanismo biológico que explica cómo el ejercicio físico protege al cerebro del deterioro asociado con la edad y, potencialmente, del Alzheimer.
El hallazgo, publicado el 18 de febrero en la revista Cell, demuestra que la actividad física no solo fortalece músculos y corazón: también refuerza una de las estructuras más importantes para la salud cerebral, la barrera hematoencefálica.
La muralla que protege al cerebro
La barrera hematoencefálica es una red especializada de vasos sanguíneos que actúa como un filtro de alta seguridad. Su función es impedir que sustancias nocivas presentes en la sangre ingresen al tejido cerebral. Sin embargo, con el envejecimiento esta barrera se vuelve más permeable, permitiendo la entrada de compuestos dañinos que desencadenan inflamación, un proceso estrechamente vinculado al deterioro cognitivo y a enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer.
Durante años, los científicos sabían que el ejercicio mejoraba la memoria y la función cognitiva, pero no entendían completamente por qué.
La clave está en el hígado
El equipo liderado por el neurocientífico Saul Villeda descubrió previamente que los ratones que hacían ejercicio producían mayores niveles de una enzima llamada GPLD1 en el hígado. Esta molécula parecía rejuvenecer el cerebro, pero planteaba un enigma: la GPLD1 no puede atravesar la barrera hematoencefálica. Entonces, ¿Cómo ejercía su efecto protector?
La nueva investigación ofrece la respuesta.
Cuando hacemos ejercicio, el hígado libera GPLD1 al torrente sanguíneo. Aunque no entra directamente en el cerebro, actúa sobre los vasos sanguíneos que lo rodean. Allí elimina una proteína llamada TNAP que, con la edad, se acumula en las células de la barrera hematoencefálica y la debilita.
Al reducir la presencia de TNAP, la GPLD1 ayuda a restaurar la integridad de esta barrera, disminuye la inflamación cerebral y mejora la función cognitiva.
Resultados sorprendentes en modelos envejecidos
Los experimentos en ratones confirmaron la importancia de este mecanismo. Animales jóvenes modificados genéticamente para producir exceso de TNAP mostraron deterioro cognitivo similar al de ratones ancianos. Por el contrario, cuando los investigadores redujeron los niveles de TNAP en ratones de edad avanzada “equivalente a unos 70 años humanos”, la barrera hematoencefálica se volvió menos permeable, la inflamación disminuyó y el rendimiento en pruebas de memoria mejoró significativamente.
Lo más prometedor es que el efecto se logró en una etapa avanzada de la vida, lo que sugiere que nunca es demasiado tarde para intervenir.
Nuevas rutas para tratar el Alzheimer
Este descubrimiento abre una vía terapéutica innovadora. En lugar de centrarse exclusivamente en el cerebro “como lo han hecho tradicionalmente muchas investigaciones sobre el Alzheimer”, el estudio pone el foco en la comunicación entre órganos.
Desarrollar fármacos capaces de reducir proteínas como TNAP podría ayudar a restaurar la barrera hematoencefálica incluso después de que haya sido debilitada por el envejecimiento.
Más allá de sus implicaciones clínicas, el mensaje es claro: el ejercicio no solo fortalece el cuerpo, también activa mecanismos biológicos que protegen activamente al cerebro.
La ciencia comienza a descifrar lo que durante décadas se sospechó: mover el cuerpo es una de las estrategias más poderosas para preservar la mente.