En lo más profundo de la selva montañosa de la Sierra Nevada de Santa Marta, donde la vegetación parece impenetrable y el tiempo se pliega sobre sí mismo, ha emergido uno de los hallazgos arqueológicos más extraordinarios del siglo XXI en Colombia.
Su nombre es Betoma, y no es una ciudad en el sentido convencional, sino algo mucho más ambicioso: una vasta conurbación indígena que transforma por completo lo que creíamos saber sobre el urbanismo prehispánico.

Con una extensión superior a los 18 kilómetros cuadrados y más de 8.300 terrazas líticas, Betoma supera ampliamente en tamaño y complejidad a la emblemática Ciudad Perdida (Teyuna), hasta ahora considerada la joya monumental de la ingeniería tairona. Pero la verdadera revolución de este descubrimiento no radica solo en su escala, sino en su concepto: Betoma no fue un único centro urbano, sino una red interconectada de poblados, articulados a lo largo de las zonas altas de la Sierra.

Una ciudad revelada por la tecnología
El hallazgo ha sido liderado desde 2019 por el arqueólogo Daniel Rodríguez Osorio, pero fue en 2024 cuando la investigación alcanzó una nueva dimensión gracias al uso de tecnología Lidar. Esta herramienta de escaneo remoto permitió “ver” a través del espeso manto vegetal y revelar 8.334 estructuras de piedra ocultas durante siglos, trazando con precisión un paisaje urbano que había permanecido invisible.
Los primeros registros ya daban señales de una ocupación monumental: 1.272 terrazas en la quebrada La Aguja y 678 en el río Frío, cifras que evidencian una densidad poblacional sin precedentes para la región y sugieren una organización social altamente estructurada.
Una nueva forma de entender el urbanismo indígena
A diferencia de Ciudad Perdida, concebida como un núcleo ceremonial y político centralizado, Betoma funcionó como una conurbación descentralizada. Sus múltiples asentamientos estaban conectados física y simbólicamente, formando un sistema territorial sofisticado que aprovechaba la topografía, los recursos hídricos y los corredores naturales de la Sierra.
Este modelo urbano revela una sociedad con profundo conocimiento del entorno, capaz de planificar a gran escala sin recurrir a la concentración monumental, desafiando las categorías tradicionales con las que se ha interpretado el desarrollo urbano en América prehispánica.
El esplendor tairona, ampliado
Los estudios arqueológicos sitúan el desarrollo de Betoma a partir de aproximadamente 1050 d.C., durante el periodo de mayor esplendor de la sociedad tairona. Sin embargo, este descubrimiento obliga a ampliar la mirada: ya no se trata solo de ciudades aisladas, sino de paisajes habitados, gestionados y transformados colectivamente a lo largo de generaciones.
Betoma no es únicamente un hallazgo arqueológico; es una revelación histórica. Una ciudad que no se impone con pirámides ni murallas, sino que se extiende silenciosamente por la montaña, recordándonos que aún quedan capítulos fundamentales de la historia americana esperando ser leídos bajo la selva.