Nuevos fósiles descubiertos en el suroeste de China revelan que estos misteriosos parientes humanos ocuparon una región mucho más extensa de Asia de lo que se pensaba
Durante mucho tiempo, los denisovanos fueron casi un fantasma de la evolución humana.
Sabíamos que habían existido porque su ADN apareció en una pequeña colección de restos encontrados en la cueva de Denisova, en las montañas de Altái, Siberia. Pero después comenzaron a aparecer otras piezas del rompecabezas: una mandíbula en el Tíbet, restos en el norte de China, una mandíbula procedente del estrecho de Taiwán y evidencias genéticas de su legado en poblaciones actuales de Asia y Oceanía.
Ahora, una nueva investigación publicada en Nature añade una pieza especialmente importante.
En la cueva de Bianfu, en la provincia de Yunnan, al suroeste de China, investigadores examinaron más de 60.000 fragmentos óseos. Después de una primera selección morfológica y de aplicar técnicas de ZooMS —una metodología que identifica especies mediante las huellas moleculares del colágeno—, localizaron tres fragmentos humanos.
Dos pertenecían a huesos parietales del cráneo y el tercero correspondía a la parte proximal de un radio, uno de los huesos del antebrazo.
La sorpresa llegó cuando los científicos analizaron las proteínas conservadas en estos fósiles.
Los tres huesos resultaron ser denisovanos.
A ellos se sumaron dos dientes humanos encontrados anteriormente en la misma cueva, que también fueron identificados mediante paleoproteómica como pertenecientes a esta población.
El resultado convierte a Bianfu en el yacimiento con mayor abundancia de restos denisovanos conocido fuera de la propia cueva de Denisova, en Siberia.
Pero la verdadera importancia del descubrimiento no está solamente en el número de huesos.
Está en el lugar donde fueron encontrados.
Una pieza que faltaba en el mapa
Bianfu Cave se encuentra en el oeste de Yunnan, en el extremo sudoriental de la meseta tibetana.
Yunnan ocupa una posición extraordinaria en la geografía de Asia.
Hacia el norte se conecta con la meseta Qinghai-Tíbet. Hacia el este se abre hacia el corazón de China. Hacia el sur y suroeste comunica con las regiones que conducen al Sudeste Asiático.
Durante años existió un vacío evidente en el mapa de los denisovanos.
Había evidencias en Siberia.
Había evidencias en el Tíbet.
Había evidencias en el noreste de China.
Había evidencia en el estrecho de Taiwán.
Pero faltaba una conexión clara en el suroeste de China.
Bianfu llena precisamente ese vacío.
Los investigadores describen la región como un importante corredor entre la meseta Qinghai-Tíbet, Asia oriental, Asia meridional y el Sudeste Asiático. El nuevo hallazgo amplía así el mapa conocido de los denisovanos desde Siberia y el noreste de China, pasando por el Tíbet, hasta Yunnan y el estrecho de Taiwán.
Y esto cambia la manera en que podemos imaginar a estos humanos arcaicos.
Los denisovanos probablemente no fueron un pequeño grupo aislado alrededor de una sola cueva.
Todo apunta a una población —o posiblemente a varias poblaciones relacionadas— capaz de ocupar territorios enormes y ambientes muy diferentes.
¿Cuando llegaron a Yunnan?
Los sedimentos de Bianfu Cave abarcan aproximadamente entre 190.000 y 70.000 años atrás.
Los restos denisovanos recientemente identificados proceden de niveles cuya edad estratigráfica sitúa su presencia aproximadamente entre 167.000 y 134.000 años atrás.
Es una antigüedad extraordinaria.
Significa que los denisovanos ya estaban ocupando el suroeste de China durante el Pleistoceno medio, mucho antes de la llegada de las grandes poblaciones de Homo sapiens que posteriormente se expandirían por Asia.
Y hay algo todavía más interesante.
Durante ese periodo, la Tierra atravesaba el estadio isotópico marino 6, una etapa glacial.
Sin embargo, el entorno de Bianfu parece haber mantenido condiciones relativamente favorables: bosques dominados por coníferas y ambientes de bosque-estepa, acompañados por una abundante fauna de mamíferos, especialmente herbívoros medianos y grandes.
Para un cazador del Pleistoceno, aquello pudo representar una enorme ventaja.
No era necesario dominar un ambiente tropical extremo.
Era posible explotar bosques, zonas abiertas y una abundante comunidad de grandes mamíferos.
De hecho, los investigadores plantean que el altiplano de Yunnan-Guizhou pudo constituir un entorno excepcionalmente favorable para la caza de los homininos.
Pero… ¿De donde venían?
Aquí comienza una de las preguntas más fascinantes.
Y también una de las partes en las que debemos distinguir entre evidencia y reconstrucción científica.
El estudio de Bianfu no demuestra una ruta migratoria concreta ni permite afirmar que un grupo específico de denisovanos caminó directamente desde Siberia hasta Yunnan.
Lo que demuestra es que los denisovanos ocuparon diferentes regiones de Asia y que Yunnan se encuentra precisamente en una zona que conecta varios de esos territorios.
El escenario más razonable es imaginar múltiples expansiones y contactos, no una única migración lineal.
Los denisovanos formaban parte del gran complejo evolutivo relacionado con neandertales y humanos modernos. Los análisis genéticos indican que las poblaciones denisovanas fueron mucho más diversas de lo que inicialmente parecía y que existieron varias poblaciones o linajes que posteriormente dejaron diferentes señales genéticas en humanos modernos.
Por eso, la imagen de un único pueblo denisovano viajando desde una cueva de Siberia hacia China resulta probablemente demasiado sencilla.
Es posible que distintos grupos se desplazaran hacia el este y el sur a lo largo de miles de generaciones, siguiendo corredores ecológicos y zonas habitables.
Una posible ruta por el corazón de Asia
Podemos imaginar el proceso de manera mucho más dinámica.
Hace más de 160.000 años, diferentes poblaciones relacionadas con los denisovanos ocupaban regiones de Asia oriental.
Algunas permanecieron en ambientes relativamente fríos del norte.
Otras se desplazaron hacia el interior de China.
Otras pudieron utilizar las grandes mesetas y valles asociados con el sistema tibetano.
Y algunas terminaron alcanzando las regiones meridionales.
La evidencia de Baishiya Karst Cave, en la meseta tibetana, demuestra que los denisovanos fueron capaces de vivir a unos 3.280 metros de altitud y ocupar ese ambiente durante decenas de miles de años. La evidencia disponible indica presencia allí desde al menos unos 160.000 años atrás hasta aproximadamente 60.000 años atrás, posiblemente incluso más tarde.
Esto resulta fundamental.
Porque significa que estos homininos no eran simplemente habitantes de las estepas frías del Altái.
Habían desarrollado una notable capacidad para explotar ambientes de gran altitud.
Yunnan pudo representar otro extremo de esa flexibilidad ecológica.
Desde las tierras elevadas del sistema tibetano, los corredores montañosos y las cuencas del suroeste asiático podían conducir hacia ambientes progresivamente más meridionales.
Bianfu se encuentra precisamente en esa zona de transición.
El Denisovano que vivía entre montañas
El nuevo radio encontrado en Bianfu aporta además algo que durante años había faltado: información directa sobre el cuerpo de los denisovanos.
Hasta ahora, el conocimiento anatómico era extremadamente fragmentario.
Disponíamos de dientes, una falange, costillas, mandíbulas y cráneos o fragmentos craneales, pero los huesos largos eran extraordinariamente escasos.
El radio de Bianfu es, según los autores, el primer radio denisovano identificado hasta ahora.
Y su anatomía es particularmente interesante.
El hueso presenta una combinación de características.
Su cabeza radial es relativamente grande y comparte algunas dimensiones con los neandertales. También posee una orientación de la tuberosidad radial que recuerda en ciertos aspectos a los neandertales.
Pero otras características, como la configuración externa general y la geometría transversal del cuello del radio, se aproximan más a los humanos modernos.
Es un verdadero mosaico anatómico.
Esto no significa que el denisovano fuera una mezcla física de neandertal y humano moderno.
Significa algo mucho más interesante:
su anatomía evolucionó siguiendo su propia historia poblacional y adaptativa.
¿Eran cazadores especializados?
La respuesta definitiva todavía no existe.
Pero el contexto arqueológico resulta revelador.
Bianfu contiene 1.366 herramientas de piedra y más de 64.000 restos de mamíferos. Entre los animales identificados se encuentran numerosos ciervos y bóvidos, además de rinocerontes, hienas y otros mamíferos.
Esto permite reconstruir un paisaje en el que los denisovanos podían aprovechar una fauna abundante.
El estudio propone que la abundancia de herbívoros medianos y grandes pudo convertir el Yunnan-Guizhou en un lugar especialmente atractivo para los homininos durante aquel periodo.
Pero debemos evitar convertir esa evidencia en una escena cinematográfica que el fósil no puede demostrar.
Todavía no sabemos exactamente cómo cazaban.
No sabemos si empleaban estrategias cooperativas complejas.
No sabemos con precisión qué animales cazaban activamente y cuáles aprovechaban mediante carroñeo.
Tampoco sabemos cuánto tiempo permanecía cada grupo en Bianfu.
Esas preguntas necesitarán nuevos restos, nuevas herramientas y nuevas evidencias microscópicas, químicas y proteómicas.
Y entonces aparecemos nosotros
Aquí la historia adquiere otra dimensión.
Los denisovanos no desaparecieron completamente.
Parte de su historia continúa dentro de nuestro propio genoma.
Los estudios genéticos han encontrado señales de múltiples episodios de mezcla entre poblaciones denisovanas y los antepasados de humanos modernos. Diferentes poblaciones denisovanas parecen haber contribuido de manera independiente al patrimonio genético de distintos grupos humanos actuales.
Los niveles más conocidos aparecen en poblaciones de Oceanía, pero también existen señales de ascendencia denisovana en poblaciones de Asia.
Esto plantea una posibilidad extraordinaria.
Mientras algunos grupos denisovanos ocupaban regiones de China, el Tíbet y posiblemente el Sudeste Asiático, otros humanos estaban llegando progresivamente a esos mismos territorios.
No necesariamente fueron encuentros aislados.
Pudieron existir contactos repetidos durante miles de años.
Y algunos de esos encuentros tuvieron consecuencias evolutivas.
Cuando poblaciones de Homo sapiens y denisovanos se encontraron y tuvieron descendencia, parte de su ADN pasó a las generaciones posteriores.
En otras palabras:
los denisovanos no solo caminaron por Asia. Una parte de ellos continuó viajando dentro de nosotros.
¿Pudieron llegar hasta el sudeste Asiático?
La evidencia genética hace que esta posibilidad sea especialmente importante.
Actualmente existen poblaciones del Sudeste Asiático y Oceanía con una cantidad significativa de ascendencia denisovana. Además, los estudios genéticos indican que esa señal no parece proceder necesariamente de una única población ancestral denisovana, sino de varios episodios de introgresión.
Esto abre un escenario fascinante.
Una población denisovana que habitaba el interior de Asia pudo expandirse hacia el sur.
Otra pudo seguir rutas diferentes.
Algunas poblaciones pudieron permanecer aisladas durante largos periodos.
Otras pudieron encontrarse y mezclarse entre sí.
Y otras pudieron entrar en contacto con Homo sapiens.
Por eso, más que hablar de “la expansión de los denisovanos”, quizá deberíamos empezar a pensar en una historia de expansión, aislamiento, contacto y reencuentro entre múltiples poblaciones denisovanas.
La genética apunta en esa dirección.
Y Bianfu aporta ahora una pieza geográfica fundamental.
China: un mosaico de humanos arcaicos
El descubrimiento también ayuda a comprender algo que durante mucho tiempo quedó oculto por una visión demasiado simple de la evolución humana.
Asia oriental no fue un territorio ocupado sucesivamente por una especie y después por otra.
Fue un mosaico.
Durante el Pleistoceno coexistieron diferentes poblaciones del género Homo, algunas de ellas posiblemente relacionadas entre sí y otras todavía difíciles de clasificar.
En China se han propuesto recientemente agrupaciones como Homo longi y Homo juluensis, aunque su relación exacta con los denisovanos continúa siendo objeto de debate científico. El propio estudio de Bianfu señala estas propuestas taxonómicas, pero no convierte automáticamente todos esos fósiles en denisovanos.
Esta precaución es importante.
No todo Homo arcaico encontrado en China es automáticamente un denisovano.
Algunos fósiles podrían pertenecer a poblaciones relacionadas.
Otros podrían representar ramas distintas.
Y algunos podrían acabar integrándose en una clasificación que todavía no podemos anticipar.
La paleoproteómica y, cuando sea posible, el ADN antiguo serán fundamentales para resolver esta compleja historia.
Una migración sin mapas
Los denisovanos no tenían mapas.
No conocían China, Siberia o el Sudeste Asiático como nosotros los conocemos.
Su expansión probablemente no fue una migración organizada hacia un destino lejano.
Fue, más probablemente, el resultado acumulativo de generaciones que se desplazaban siguiendo los recursos disponibles: Animales, Agua, Refugios, Bosques, Valles, Pasos montañosos, Cambios climáticos. Y quizá también la presión ejercida por otros grupos humanos.
Cada generación podía avanzar unos pocos kilómetros.
Algunas poblaciones podían retroceder.
Otras podían quedar aisladas.
Con el paso de miles de años, esos pequeños movimientos podían producir una expansión de miles de kilómetros.
Y así, lentamente, los descendientes de poblaciones que alguna vez habitaron las montañas de Asia interior pudieron terminar en los paisajes del sur de China y, posiblemente, en regiones que conducían hacia el Sudeste Asiático.
Una historia todavía incompleta
El descubrimiento de Bianfu no resuelve el misterio de los denisovanos.
Lo hace más grande.
Sabemos ahora que su distribución conocida se extiende desde Siberia y el noreste de China, pasando por la meseta tibetana, hasta el suroeste de China y el entorno del estrecho de Taiwán.
Pero todavía desconocemos cómo estaban conectadas exactamente esas poblaciones.
No sabemos cuántos grupos denisovanos existieron.
No conocemos con precisión sus rutas de dispersión.
No sabemos dónde se produjeron todos los episodios de contacto con Homo sapiens.
Y tampoco sabemos si algunos de los fósiles atribuidos provisionalmente a otros grupos de Homo representan poblaciones denisovanas, parientes cercanos o ramas independientes.
La gran esperanza está ahora en el ADN antiguo.
Paradójicamente, Bianfu todavía no ha proporcionado ADN endógeno recuperable de los tres huesos nuevos.
Pero la paleoproteómica ha demostrado que incluso cuando el ADN ha desaparecido, las proteínas pueden conservar una huella molecular suficiente para identificar a nuestros parientes desaparecidos.
Y eso cambia completamente la estrategia de búsqueda.
En una cueva pueden existir miles de fragmentos que a simple vista parecen imposibles de identificar.
Un pequeño trozo de hueso puede parecer simplemente otro fragmento animal.
Pero dentro de él puede sobrevivir una señal molecular de un humano que caminó por ese lugar hace más de 150.000 años.
El mapa de los denisovanos apenas está comenzando a aparecer
Quizá la imagen más poderosa que emerge de este descubrimiento no sea la de una especie perdida en una cueva de Siberia.
Es la de una población humana arcaica extendiéndose por un enorme territorio asiático.
Desde las montañas del Altái.
A través de China.
Por la meseta tibetana.
Hacia Yunnan.
Y posiblemente más allá, hacia el Sudeste Asiático.
No sabemos todavía cuál fue exactamente la ruta.
Pero sabemos que el paisaje estaba conectado.
Y sabemos que los denisovanos fueron capaces de atravesarlo, ocuparlo y adaptarse a ambientes muy diferentes.
Durante decenas de miles de años caminaron por Asia sin dejar grandes monumentos, ciudades ni registros escritos.
Solo quedaron huesos.
Dientes.
Herramientas.
Proteínas.
Y fragmentos de ADN heredados por seres humanos que viven hoy.
Bianfu Cave acaba de añadir tres pequeños fragmentos de hueso y dos dientes a esa historia.
Pero esos pequeños restos están ayudando a reconstruir algo enorme:
el mapa de una población humana que alguna vez recorrió gran parte de Asia y cuya historia todavía vive, en parte, dentro de nosotros.
