Antes de que Colombia tuviera su nombre, su bandera y sus fronteras, un abogado criollo tuvo que enfrentarse a una pregunta que podía cambiarlo todo: ¿Quién debía gobernar estas tierras?
Santafé de Bogotá, julio de 1810.
La ciudad está en tensión.
En las calles circulan rumores sobre la crisis de la monarquía española. Al otro lado del Atlántico, Napoleón Bonaparte ha ocupado buena parte de la península y la autoridad de Fernando VII se encuentra quebrada. En América, el derrumbe de aquella estructura imperial abre un vacío que nadie sabe todavía cómo llenar.
En Santafé, la incertidumbre se transforma rápidamente en agitación.
El 20 de julio, una disputa alrededor de un florero desencadena una jornada que terminará con un cabildo abierto y la creación de una Suprema Junta de Gobierno. Lo que parece, en principio, un conflicto local terminará convirtiéndose en uno de los primeros grandes pasos hacia la ruptura del orden colonial.
En medio de aquella tormenta política aparece un hombre que no se parece al héroe revolucionario tradicional.
No lleva todavía uniforme de general.
No comanda un ejército.
No ha ganado ninguna batalla.
Es abogado.
Se llama José Miguel Pey y Andrade.
Y casi sin saberlo, está a punto de convertirse en el primer criollo que ejercerá el poder ejecutivo en la Nueva Granada.
Un hombre formado dentro del imperio
José Miguel Pey nació en Santafé de Bogotá el 11 de marzo de 1763, cuando estas tierras todavía formaban parte del Virreinato de la Nueva Granada.
Su padre, Juan Francisco Pey, era oidor de la Real Audiencia, una de las instituciones fundamentales del poder colonial. El joven José Miguel recibió una educación propia de las élites ilustradas de Santafé y estudió Derecho en el Colegio de San Bartolomé, donde obtuvo el título de abogado en 1787.
Es una circunstancia que ayuda a comprender su trayectoria.
Pey no surgió desde fuera del sistema colonial.
Había sido formado dentro de él.
Conocía sus leyes, sus instituciones y sus mecanismos de poder. Pero también pertenecía a una generación criolla que comenzaba a vivir una contradicción cada vez más profunda: hombres nacidos en América, educados en sus ciudades y vinculados a sus instituciones, pero subordinados a una estructura política cuyo centro de decisión se encontraba a miles de kilómetros.
Cuando en 1810 fue elegido alcalde ordinario de primer voto de Santafé, aquella posición administrativa lo colocó directamente en el centro de la crisis que estaba a punto de estallar.
Pey todavía era un funcionario del orden colonial.
Pero la historia estaba a punto de convertirlo en otra cosa.
El día del florero
El 20 de julio de 1810 comenzó como una jornada aparentemente ordinaria.
Santafé era una ciudad de aproximadamente varias decenas de miles de habitantes, atravesada por tensiones sociales, económicas y políticas. Los criollos reclamaban mayor participación; las autoridades intentaban conservar el orden; y la crisis de la monarquía española hacía cada vez más difícil sostener la antigua estructura de poder.
Entonces ocurrió el célebre episodio del florero de José González Llorente.
La discusión con el comerciante español se convirtió en un detonante. La tensión acumulada en la ciudad explotó y las calles comenzaron a llenarse de habitantes movilizados.
En medio de la agitación, Pey intervino.
Según la biografía conservada por el Banco de la República, el alcalde contribuyó a salvar a González Llorente de la violencia de la multitud.
Es un detalle revelador.
El hombre que poco después presidiría el primer gobierno criollo no llegó al poder como un revolucionario que buscaba incendiar el viejo orden.
Llegó intentando evitar que la violencia destruyera la ciudad.
Y precisamente por eso terminaría ocupando una posición decisiva.
La Junta que nadie sabía todavía hacia dónde conduciría
La presión popular llevó a convocar un cabildo abierto.
La autoridad colonial comenzó a transformarse.
Los representantes reunidos en Santafé acordaron establecer una Suprema Junta de Gobierno. El virrey Antonio Amar y Borbón fue inicialmente designado como presidente, mientras José Miguel Pey quedó como vicepresidente. Pero Amar y Borbón no asumió efectivamente la conducción de la Junta, y Pey terminó presidiéndola.
Aquel momento contenía una paradoja extraordinaria.
El primer hombre nacido en la Nueva Granada que ejercería el poder ejecutivo no había llegado allí mediante una revolución militar.
Había llegado a través de una institución creada en medio de una crisis política.
La diferencia parece pequeña.
No lo era.
Porque aquella Junta significaba que, por primera vez, la autoridad comenzaba a ejercerse desde Santafé en lugar de depender directamente del virrey.
Todavía no existía Colombia.
Ni siquiera existía una república consolidada.
El lenguaje político de aquellos días seguía mezclando lealtad a Fernando VII, soberanía, autonomía y ruptura con las autoridades coloniales. La independencia absoluta todavía no era un resultado inevitable.
Pero una puerta acababa de abrirse.
El poder cambia de manos
La situación se volvió cada vez más delicada.
La Junta debía preservar el orden mientras decidía qué hacer con las antiguas autoridades. La autoridad del virrey se debilitaba y el nuevo gobierno necesitaba demostrar que podía gobernar.
El 13 de agosto de 1810, Antonio Amar y Borbón y su esposa fueron apresados.
Pey participó en el proceso que terminó facilitando su salida de Santafé. Los antiguos representantes de la monarquía serían trasladados hacia Cartagena y posteriormente abandonarían el territorio.
Era un gesto político de enorme importancia.
El virrey, símbolo máximo de la autoridad española en la Nueva Granada, ya no controlaba la capital.
Y quien ahora encabezaba el gobierno era un criollo nacido en Santafé.
José Miguel Pey había cruzado una frontera que pocos meses antes parecía imposible.
De funcionario colonial había pasado a ejercer el poder de un gobierno surgido de la crisis del régimen.
La primera república todavía no sabía qué quería ser
El episodio de 1810 no creó automáticamente una nación.
Creó un problema mucho más difícil:
¿Cómo se construye un país cuando todavía nadie sabe exactamente qué país quiere construir?
Durante los años siguientes, la Nueva Granada se convirtió en un enorme laboratorio político.
Las provincias comenzaron a organizarse. Aparecieron constituciones, congresos y proyectos de federación. Cundinamarca defendió su propio modelo político mientras otras provincias impulsaban la unión de las Provincias Unidas de la Nueva Granada.
No había una fórmula única.
Había experimentos.
Había rivalidades.
Había guerras.
Y había una generación de abogados, militares, periodistas y políticos intentando construir instituciones mientras todavía luchaban por sobrevivir.
El Banco de la República describe este período como una disputa entre dos grandes proyectos: el Estado de Cundinamarca y la confederación de las Provincias Unidas. Entre 1811 y 1815 varias provincias elaboraron sus propias cartas constitucionales, mientras el Congreso intentaba construir una estructura política común.
Pey formó parte de ese proceso.
Su primera etapa al frente de la Junta terminó el 1 de abril de 1811, cuando Jorge Tadeo Lozano asumió la presidencia.
Pero Pey no desaparecería de la historia.
Una república en guerra
En diciembre de 1814, después de la incorporación de Cundinamarca a las Provincias Unidas, Pey fue nombrado gobernador de la provincia.
Pocos meses después volvería a ocupar un lugar en el poder nacional.
En 1815 formó parte del gobierno ejecutivo plural de las Provincias Unidas de la Nueva Granada. El sistema del triunvirato buscaba distribuir el poder entre varios dirigentes en un momento en que la joven república se encontraba amenazada tanto por sus propias divisiones como por el regreso de las fuerzas españolas.
Aquello era muy diferente de la imagen posterior de una república organizada alrededor de un presidente fuerte.
El gobierno era experimental.
La autoridad cambiaba de manos.
Las provincias defendían sus propias soberanías.
Y el Ejército expedicionario español se aproximaba.
La amenaza terminaría convirtiéndose en realidad.
En 1816, las fuerzas españolas recuperaron Santafé y comenzó el período conocido como la Reconquista. La experiencia de las Provincias Unidas quedó prácticamente destruida.
Para muchos de los hombres que habían intentado construir la primera república, aquel sería el comienzo del desastre.
Para Pey, sería otro capítulo de una vida política extraordinariamente larga.
Del abogado al general
La historia de Pey tampoco terminó con la independencia.
Con el paso de los años, su trayectoria civil se mezcló con la militar. Para 1825 ostentaba el rango de general de brigada y en 1828 había alcanzado el de general de división.
La transformación resulta casi simbólica.
El abogado que en 1810 había intentado contener una multitud terminaría convertido en general.
Pero el país que defendía ya era completamente diferente.
Había desaparecido el Virreinato.
Había nacido la Gran Colombia.
Simón Bolívar había dirigido campañas que cambiaron el mapa político de Sudamérica.
Y, sin embargo, la nueva república continuaba siendo frágil.
Las tensiones entre centralismo y federalismo, entre las distintas regiones y entre los seguidores de diferentes proyectos políticos seguían amenazando su existencia.
Pey había atravesado prácticamente toda esa transformación.
El último regreso al poder
En 1831, la Gran Colombia se encontraba en una de sus crisis finales.
Después de la renuncia de Rafael Urdaneta, el Congreso creó un Ejecutivo Plural integrado por Juan García del Río, Jerónimo Gutiérrez de Mendoza y José Miguel Pey. El arreglo duró apenas unos días, hasta la llegada de Domingo Caycedo al poder.
Era el último acto de una larga trayectoria política.
El hombre que había aparecido en la escena pública durante la crisis del Virreinato seguía participando en el gobierno más de veinte años después.
Pero el mundo que había conocido en 1810 ya no existía.
España había perdido su dominio.
Bolívar había construido la Gran Colombia.
Y esa misma Gran Colombia comenzaba a desintegrarse.
Pey había vivido una transformación que pocos hombres de su generación pudieron contemplar en toda su dimensión:
había nacido como súbdito de una monarquía y terminaría sus días como ciudadano de una república.
El hombre detrás de la primera puerta
José Miguel Pey murió en Bogotá el 17 de agosto de 1838, a los 75 años.
Para entonces habían transcurrido 28 años desde aquel julio de 1810.
El virreinato era historia.
La primera experiencia republicana había fracasado.
La Gran Colombia había desaparecido.
Y la República de la Nueva Granada comenzaba una nueva etapa.
Pey no había sido el gran libertador de los campos de batalla.
No había construido un imperio político.
No había dejado tras de sí una imagen monumental comparable con la de Bolívar o Santander.
Su importancia histórica es más silenciosa.
Fue uno de los primeros hombres que tuvo que gobernar cuando todavía no existía un país plenamente formado.
Su historia nos recuerda algo fundamental sobre las independencias hispanoamericanas: las repúblicas no nacieron completamente terminadas.
Fueron construidas entre dudas, contradicciones, constituciones improvisadas, guerras civiles, debates y sucesivos experimentos de gobierno.
Y en ese primer instante, cuando el viejo poder comenzó a retroceder y el nuevo todavía no sabía exactamente qué forma tendría, José Miguel Pey estuvo allí.
Antes de Colombia
La historia suele buscar sus grandes comienzos en fechas precisas.
El 20 de julio.
El 7 de agosto.
El nacimiento de la Gran Colombia.
La Constitución.
La independencia.
Pero la historia real rara vez funciona así.
Las naciones aparecen lentamente.
Se construyen en las calles, en los cabildos, en las salas donde se redactan actas y en las decisiones tomadas por hombres que desconocen todavía las consecuencias de sus propios actos.
En 1810, José Miguel Pey no podía saber que su nombre terminaría asociado al nacimiento de la experiencia republicana.
No podía saber cuánto duraría aquella primera Junta.
No podía imaginar la guerra que vendría, la Reconquista, la victoria de Boyacá, la creación de la Gran Colombia ni su posterior desaparición.
Solo podía contemplar el presente.
Una ciudad en tensión.
Un imperio en crisis.
Una autoridad que se desmoronaba.
Y una pregunta que comenzaba a recorrer las calles de Santafé:
si el rey ya no podía gobernar, ¿quién debía hacerlo?
Pey fue uno de los primeros hombres en responderla.
No creó Colombia.
Todavía no podía hacerlo.
Pero ayudó a abrir la puerta por la que Colombia terminaría entrando en la historia.
Y quizá esa sea la mejor manera de comprender su legado.
No como el presidente de un país que ya existía.
Sino como el primer gobernante criollo de una tierra que todavía estaba aprendiendo a convertirse en nación.
José Miguel Pey en cifras
1763 — Nace en Santafé de Bogotá.
1787 — Obtiene el título de abogado en el Colegio de San Bartolomé.
1810 — Participa en los acontecimientos del 20 de julio y preside la Suprema Junta de Gobierno.
1811 — Termina su primer período al frente del gobierno.
1814 — Es nombrado gobernador de Cundinamarca.
1815 — Integra el Ejecutivo de las Provincias Unidas de la Nueva Granada.
1825 — Ostenta el grado de general de brigada.
1828 — Alcanza el grado de general de división.
1831 — Integra el Ejecutivo Plural de la República de Colombia.
1838 — Muere en Bogotá.
