Aquiry: la civilización que convirtió la selva amazónica en una ciudad invisible

Geoglifos, caminos y monumentos de tierra revelan un gigantesco paisaje humano que floreció hace más de 2.000 años entre Brasil, Bolivia y Perú.

El amanecer llega acompañado por una neblina tenue.

Abro los ojos antes de que aparezca el sol.

A mi alrededor, la selva despierta lentamente. Desde nuestra casa puedo escuchar el movimiento de las hojas, el canto de las aves y el murmullo distante del agua. El aire está cargado de humedad y aromas vegetales.

Pero hay algo más.

Frente a mí se extiende una enorme estructura geométrica excavada en la tierra. No es una montaña, no es un río, no es una formación natural. Es obra nuestra.

Camino hacia ella mientras otros miembros de la comunidad comienzan a salir de sus viviendas. Más allá del bosque puedo distinguir el trazado de un camino cuidadosamente abierto que conduce hacia otro recinto. Hoy habrá visitantes. Llegarán desde comunidades lejanas para participar en una ceremonia.

Durante generaciones hemos construido estos grandes espacios. Algunos tienen forma cuadrangular; otros forman polígonos, círculos y complejas combinaciones de líneas. Los rodeamos con zanjas profundas y levantamos enormes terraplenes con la tierra que extraemos.

No tenemos máquinas, no tenemos ruedas, no tenemos grúas. Pero tenemos algo que quizá sea todavía más poderoso: miles de manos trabajando juntas.

Esta es nuestra Amazonia.

Y todavía no sabemos que, miles de años después, otros seres humanos caminarán sobre estas mismas tierras sin poder imaginar que debajo del bosque permanece nuestra obra.


EL MISTERIO QUE ESCONDÍA LA SELVA

Durante mucho tiempo, la imagen de la Amazonia precolombina estuvo dominada por una idea aparentemente lógica: una enorme selva tropical, difícil de cultivar y poco favorable para grandes concentraciones humanas.

Pero la arqueología comenzó a revelar otra historia.

En el suroeste amazónico, especialmente en el actual estado brasileño de Acre y zonas próximas a Bolivia y Perú, aparecieron gigantescas figuras geométricas construidas mediante zanjas y terraplenes.

Los arqueólogos las conocen como geoglifos.

Algunos tienen dimensiones impresionantes. Los recintos estudiados generalmente abarcan entre 0,35 y 14 hectáreas, mientras que el mayor geoglifo conocido se aproxima a 50 hectáreas. Sus zanjas pueden alcanzar entre 9 y 13 metros de ancho y hasta 5 metros de profundidad.

Durante décadas, sin embargo, los investigadores solamente podían observar aquellos monumentos donde la deforestación había abierto una ventana en el dosel.

La selva ocultaba el resto.

Entonces llegó una tecnología capaz de mirar de otra manera.

LiDAR.

Desde una aeronave, miles de millones de pulsos láser son enviados hacia el suelo. Muchos son detenidos por las hojas, ramas y troncos, pero algunos consiguen atravesar los espacios existentes entre la vegetación y regresar al sensor.

El resultado es extraordinario:

un modelo tridimensional del terreno capaz de revelar las formas que permanecen invisibles desde el aire.

En 2024, los investigadores realizaron vuelos LiDAR sobre 4.497 km² de los estados brasileños de Acre y Amazonas y documentaron 432 estructuras, de las cuales solamente 36 eran conocidas previamente.

La selva comenzó a desaparecer de la pantalla.

Y debajo apareció un paisaje construido.


Reconstrucción artística del apogeo de la civilización Aquiry en la Amazonia suroccidental. Representación hipotética de un centro ceremonial y político rodeado por estructuras geométricas, caminos y comunidades integradas en el paisaje forestal. Ilustración generada con inteligencia artificial para Ciencias Nacionales, basada en la evidencia arqueológica y las interpretaciones del estudio de LiDAR.

El mundo de Aquiry

Una civilización extendida como una red sobre el bosque

Imaginemos ahora que regresamos aproximadamente 1.800 años en el tiempo.

No estamos ante una única ciudad.

No encontramos un palacio gigantesco dominando el paisaje.

Tampoco una capital rodeada por murallas.

Encontramos algo diferente.

Una red.

Comunidades distribuidas por un territorio enorme, conectadas por caminos y articuladas alrededor de espacios monumentales.

Los investigadores denominan Aquiry al complejo cultural asociado principalmente con los constructores de estos recintos geométricos. Las comunidades compartían elementos de una misma cosmología y una tradición monumental que comenzó hace más de 2.500 años.

La superficie estimada de esta civilización también sorprendió a los investigadores. Antes se calculaba en unos 60.000 km². Con los nuevos datos LiDAR, la extensión aproximada alcanza 183.000 km².

Es un territorio comparable en superficie al de varios países pequeños. Y estaba cubierto de bosque.


La arquitectura de la tierra

Vuelvo a caminar por nuestro recinto.

Frente a mí se abre una enorme zanja.

La tierra extraída forma un terraplén.

Un grupo de trabajadores continúa ampliándolo.

Otros limpian los caminos.

Algunos preparan los espacios donde se reunirán los visitantes.

La construcción no es improvisada.

Para levantar estas obras fue necesaria una extraordinaria organización del trabajo, división de tareas y conocimiento de geometría y planificación. Además, mantener los centros durante siglos habría requerido estructuras administrativas y sociales capaces de movilizar personas periódicamente.

Pero estos lugares no parecen haber sido ciudades permanentemente ocupadas.

El estudio interpreta muchas de estas estructuras como centros públicos, ceremoniales y políticos, destinados a recibir visitantes y comunidades reunidas temporalmente.

Es una idea fascinante. Una ciudad que no necesariamente estaba llena todos los días, un espacio que podía cobrar vida cuando llegaban cientos de personas.

Entonces podemos imaginar el silencio del bosque transformándose.

Llegan familias, llegan grupos provenientes de otras comunidades, se intercambian productos y se preparan alimentos.

Los músicos comienzan a tocar y los participantes se reúnen.

Las ceremonias ocupan los grandes espacios abiertos.

La arquitectura deja de ser simplemente tierra.

Se convierte en escenario.


Una Amazonia cultivada

Para sobrevivir en este mundo no dependemos únicamente de la caza y la recolección.

Cultivamos.

Los estudios arqueobotánicos han identificado evidencias de maíz y calabaza, mientras que la investigación señala también la probable presencia de cultivos como yuca, batata, ají, frijoles y maní.

Pero nuestra relación con el bosque va mucho más allá de abrir campos.

Alrededor de los antiguos monumentos aparecen evidencias relacionadas con árboles y plantas aprovechadas por las comunidades.

Entre ellas están la castaña de Brasil, además de diferentes palmeras como bacaba, chontaduro, uricuri y especies de Astrocaryum. Los restos encontrados en excavaciones indican que estos recursos fueron importantes para la alimentación.

La selva no es simplemente el lugar donde vivimos.

Es parte de nuestra economía.

La manejamos, la transformamos, la cultivamos, la recorremos. Y probablemente también la entendemos como un espacio habitado por fuerzas y seres que forman parte de nuestro universo social y cosmológico.

El estudio describe precisamente a estas comunidades como gestoras activas de la tierra, el agua y los jardines forestales, y señala que la construcción y administración de los monumentos estaba profundamente vinculada con su vida social y su cosmología.


El gran momento de Aquiry

Ahora imaginemos que el calendario marca aproximadamente el año 200 de nuestra era.

Este podría ser uno de los momentos más extraordinarios de nuestra historia.

Los investigadores encontraron que la mayor concentración temporal y espacial de las fechas arqueológicas ocurre alrededor de 100–300 d. C. Los modelos indican que aproximadamente el 60 % de los sitios fechados presentan un solapamiento de uso en ese periodo.

La Amazonia está llena de actividad.

En una zona, varias comunidades trabajan en un nuevo recinto.

En otra, los caminos conectan monumentos.

Más lejos, grupos de agricultores cultivan.

Los cazadores regresan del bosque.

Los pescadores transportan sus capturas.

Los recolectores regresan con frutos y semillas.

Y en los grandes centros ceremoniales se reúnen personas que probablemente pertenecen a diferentes comunidades y grupos lingüísticos.

No existe una única “ciudad Aquiry”.

Existe algo mucho más amplio:

un paisaje humano.

Los investigadores estiman que el área completa pudo contener aproximadamente 24.000–30.000 estructuras de tierra, aunque alrededor de dos tercios serían atribuibles al periodo Aquiry.

Incluso esa cifra debe entenderse como una estimación, porque la vegetación todavía impide detectar una parte de las estructuras.


Millones de habitantes en una Amazonia que creíamos vacía

Aquí aparece uno de los resultados más sorprendentes del estudio.

Al analizar cuántos monumentos pudieron estar activos simultáneamente y cuánta fuerza laboral habría sido necesaria para construirlos y mantenerlos, los investigadores estiman que entre 100 y 300 d. C. la población de Aquiry pudo situarse aproximadamente entre 1,25 y 3 millones de personas. Considerando además estructuras que podrían permanecer invisibles bajo la vegetación, plantean que el rango podría llegar aproximadamente a 1,6–3,8 millones.

No se trata de un censo.

No conocemos el nombre de cada comunidad.

No sabemos cuántas personas vivían exactamente en cada sitio.

Es una reconstrucción arqueológica basada en modelos, LiDAR, imágenes satelitales, excavaciones y comparaciones etnográficas.

Pero el mensaje es contundente:

la Amazonia precolonial podía albergar sociedades mucho más numerosas, organizadas y complejas de lo que durante mucho tiempo imaginamos.


La ciudad que aparecía y desaparecía

Hay algo especialmente fascinante en estos lugares.

No necesariamente estaban habitados permanentemente.

Un recinto podía permanecer tranquilo durante semanas o meses.

Luego llegaban los visitantes.

Cientos de personas podían ocupar temporalmente los espacios abiertos.

Las ceremonias comenzaban.

Después, los grupos regresaban a sus comunidades.

La monumentalidad permanecía.

La selva volvía a cubrir parcialmente el paisaje.

Y el ciclo comenzaba nuevamente.

El estudio compara esta forma de urbanismo con otros modelos sudamericanos donde los centros monumentales funcionaban como lugares de reunión temporal de grupos diversos.

Por eso los investigadores hablan de “urbanismo forestal” o urbanismo de baja densidad.

No era una ciudad como Bogotá.

No era Roma.

No era una metrópoli de piedra.

Era otra manera de construir sociedad.

Una ciudad integrada dentro del bosque.


Cuando la ciudad volvió a convertirse en selva

Regresemos al personaje imaginario.

La ceremonia ha terminado.

Los visitantes se marchan.

Las voces se alejan por los caminos.

Las fogatas se apagan.

Los grandes recintos quedan nuevamente en silencio.

Durante generaciones, nuestros hijos continuarán utilizando estos lugares.

Pero el mundo cambiará.

Después del siglo IX, los grandes geoglifos asociados con Aquiry dejaron de construirse y utilizarse de la misma manera. Más tarde aparecieron otros tipos de asentamientos y estructuras, particularmente aldeas con montículos a partir de los siglos XIII en adelante.

No debemos interpretar esto necesariamente como la desaparición repentina de una población.

El registro arqueológico muestra transformaciones culturales.

La gente cambia.

Las formas de asentamiento cambian.

Las tradiciones monumentales cambian.

Pero la historia humana de la Amazonia continúa.


La paradoja de la selva

Hoy vivimos rodeados de carreteras, edificios, aeropuertos, redes digitales y ciudades iluminadas durante toda la noche.

Pensamos que la civilización significa necesariamente hormigón, acero, edificios verticales y millones de personas concentradas en un mismo espacio.

Aquiry plantea una pregunta incómoda:

¿Y si hemos estado utilizando una definición demasiado estrecha de ciudad?

Aquellas comunidades construyeron monumentalidad sin transformar la Amazonia en una gigantesca masa urbana.

Su arquitectura estaba hecha principalmente de tierra.

Sus caminos atravesaban el bosque.

Sus centros podían llenarse de personas durante ceremonias y volver después al silencio.

Su economía combinaba agricultura, caza, pesca, recolección y manejo de plantas.

Y su relación con el paisaje fue tan profunda que todavía puede detectarse en los suelos y en la distribución de determinadas especies vegetales.


Una civilización escrita en el suelo

Quizá lo más extraordinario no sea la cantidad de estructuras.

Ni siquiera los millones de personas que pudieron vivir en esta región.

Lo verdaderamente extraordinario es que la selva consiguió ocultar durante siglos una parte gigantesca de la historia humana.

La tecnología LiDAR está permitiendo leerla nuevamente.

Donde nuestros ojos ven árboles, el láser encuentra zanjas.

Donde vemos vegetación, encuentra terraplenes.

Donde creemos encontrar un bosque aparentemente intacto, encuentra caminos, plazas y geometrías.

El estudio señala que las investigaciones anteriores habían identificado cerca de 1.300 estructuras en aproximadamente 134.000 km², mientras que los nuevos datos permiten ampliar considerablemente el territorio atribuido a Aquiry y estimar decenas de miles de obras.

Y eso cambia nuestra percepción de la Amazonia.

Ya no podemos imaginarla simplemente como una naturaleza intocada que permaneció separada de la historia humana hasta la llegada de los europeos.

La evidencia muestra algo diferente:

la Amazonia también fue construida, administrada, cultivada y habitada por sociedades complejas durante milenios.


El último misterio

Y quizá la aventura apenas comienza.

Los investigadores reconocen que todavía existen zonas donde la vegetación es demasiado densa para que el LiDAR pueda revelar todas las estructuras. Incluso la frontera sudoriental del territorio Aquiry permanece abierta debido a la falta de investigación arqueológica suficiente en partes de Rondônia.

Eso significa que bajo el bosque todavía puede existir una historia que no hemos leído.

Quizá haya más caminos.

Más recintos.

Más comunidades.

Más respuestas sobre cómo aquellas sociedades organizaron su territorio.

Y también nuevas preguntas.

Porque cada estructura descubierta no solamente nos habla del pasado.

Nos obliga a reconsiderar el presente.

Hoy la Amazonia sigue enfrentando deforestación, incendios y transformaciones aceleradas del paisaje. El estudio advierte que la herencia de estas antiguas sociedades permanece en los suelos, en la estructura del bosque y en la biodiversidad contemporánea, y que debería ser considerada en futuras investigaciones climáticas y en la planificación del uso sostenible de la región.

Hace casi dos mil años, alguien tomó una herramienta y comenzó a remover tierra.

No sabía que estaba construyendo algo que sobreviviría a su propia comunidad.

No sabía que la selva lo cubriría.

No sabía que un día una aeronave pasaría sobre los árboles lanzando pulsos de luz.

Pero allí está.

La geometría todavía permanece.

La civilización no desapareció completamente.

Se convirtió en paisaje.

Y ahora la ciencia está aprendiendo a leerla.


El gran cambio de paradigma

Durante mucho tiempo, la historia de las grandes civilizaciones americanas parecía concentrarse en los Andes, Mesoamérica y otras regiones donde monumentos, templos y ciudades podían verse a simple vista.

Aquiry obliga a ampliar ese mapa.

La Amazonia también fue escenario de organización social compleja, monumentalidad, agricultura, manejo del bosque, intercambio, ceremonias y formas propias de urbanismo.

Pero quizá la mayor lección sea todavía más profunda:

Una civilización no siempre necesita conquistar la naturaleza para construir un mundo complejo; algunas sociedades pudieron construir sus ciudades dentro de ella.

La selva que durante siglos ocultó aquellas huellas hoy se convierte en el gran archivo arqueológico de América.

Y cada nuevo vuelo LiDAR abre una página.

 

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