Descubren Labrujasuchus expectatus, una nueva especie del Triásico en Nuevo México

Mucho antes de que gigantes como Tyrannosaurus o Triceratops aparecieran sobre la Tierra, otro mundo ya estaba en movimiento.

Hace unos 212 millones de años, durante el Triásico tardío, extensas planicies fluviales cubrían lo que hoy es el norte de Nuevo México. Era una época de experimentación evolutiva: reptiles de formas extrañas, depredadores de largas patas y los primeros dinosaurios compartían un paisaje que todavía buscaba equilibrio.

Entre ellos caminaba una criatura que permaneció oculta durante más de dos siglos de investigación paleontológica.

Ahora, un equipo internacional de científicos ha descrito una nueva especie: Labrujasuchus expectatus, un miembro de los shuvosáuridos, un grupo tan inusual que durante años desconcertó a los paleontólogos por parecerse superficialmente a dinosaurios corredores del Cretácico, aunque en realidad pertenecían a otra rama evolutiva de los arcosaurios.

Su nombre significa literalmente “cocodrilo del Rancho de las Brujas esperado”, en referencia al antiguo nombre español de la región de Ghost Ranch y al hecho de que los investigadores sospechaban desde hacía tiempo que este grupo debía estar presente allí.

Un animal extraño en un mundo todavía más extraño

El fósil fue descubierto en Hayden Quarry, dentro de la Formación Chinle, uno de los yacimientos más importantes del mundo para entender el Triásico. Más de 20.000 fósiles de vertebrados han sido recuperados allí: peces antiguos, reptiles arborícolas, grandes depredadores y algunos de los primeros dinosaurios conocidos.

Pero incluso en ese escenario extraordinario, Labrujasuchus destaca.

Los shuvosáuridos eran animales bípedos, ligeros y de cuerpo relativamente estilizado. Su apariencia recuerda sorprendentemente a ciertos dinosaurios corredores mucho más recientes, un ejemplo notable de evolución convergente: diferentes grupos desarrollando soluciones corporales similares millones de años después.

El ejemplar hallado incluye parte de las extremidades delanteras y traseras, vértebras y elementos de la cintura pélvica y escapular; suficientes para reconocer una combinación anatómica nunca antes registrada.

El detalle que cambió la historia estaba en los huesos

El descubrimiento no ocurrió gracias a un cráneo completo ni a un esqueleto articulado.

La clave estuvo en detalles aparentemente mínimos.

La nueva especie posee una serie de características únicas: una cabeza del húmero con forma de lágrima, modificaciones particulares en la cadera y el fémur, una configuración distintiva del hombro y diferencias en la tibia respecto a sus parientes conocidos.

Para un observador casual, estos cambios podrían parecer insignificantes.

Para la paleontología, representan millones de años de historia evolutiva.

Al comparar el fósil con especies cercanas como Shuvosaurus inexpectatus y Effigia okeeffeae, los investigadores concluyeron que Labrujasuchus ocupa una posición intermedia que llena un vacío temporal dentro del árbol evolutivo del grupo.

Una evolución más lenta de lo que imaginábamos

Quizá el hallazgo más inesperado no fue descubrir una nueva especie.

Fue descubrir cuánto tiempo permanecieron parecidos entre sí.

Los análisis indican que los shuvosáuridos evolucionaban más lentamente que muchos otros arcosaurios de su época. Durante millones de años conservaron una anatomía sorprendentemente estable, como si hubieran encontrado una fórmula corporal que funcionaba tan bien que apenas necesitó cambiar.

Labrujasuchus expectatus refuerza esa idea.

En lugar de una explosión constante de nuevas formas, parte del Triásico parece haber estado dominada por linajes que permanecieron casi intactos mientras el resto del mundo cambiaba a su alrededor.

Y aun así, su historia quedó fragmentada.

Los investigadores creen que el registro fósil apenas está comenzando a mostrar la verdadera diversidad del grupo y que podrían existir muchas especies todavía enterradas bajo las rocas del oeste de Norteamérica.

En una cantera de Nuevo México, un animal que nadie había visto en 212 millones de años acaba de volver a caminar.

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