Nuevos petrograbados y pinturas algunos de más de 4,000 años emergen en el Sitio El Venado, revelando conexiones simbólicas, astronómicas y culturales en el corazón del altiplano mexicano.
En las paredes silenciosas de dos acantilados que vigilan el curso del río Tula, el tiempo ha dejado huellas que apenas comienzan a ser comprendidas. Allí, donde el viento erosiona la roca y el agua ha moldeado el paisaje durante milenios, un equipo de especialistas del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) ha identificado nuevas manifestaciones rupestres que amplían el mapa simbólico de la antigua Mesoamérica.
El hallazgo, realizado en el marco del Proyecto de Salvamento Arqueológico del Tren México–Querétaro, reveló un conjunto de 16 figuras entre petrograbados y pinturas rupestres en el denominado Sitio 77, conocido como *El Venado*, en el estado de Hidalgo. Las evidencias sugieren una cronología que abarca desde la prehistoria con más de 4,000 años de antigüedad hasta el periodo Posclásico mesoamericano (900–1521 d.C.), una etapa marcada por intensas transformaciones culturales en la región.
Las imágenes emergen como fragmentos de una narrativa perdida. Entre ellas, destacan figuras antropomorfas adornadas con tocados, escudos y objetos rituales; un personaje con anteojeras que evocan a Tláloc, deidad asociada a la lluvia; y representaciones animales, como un cuadrúpedo que podría ser un venado, símbolo profundamente arraigado en la cosmovisión mesoamericana. En otro punto del sitio, una figura estilizada en rojo y una posible serpiente o rayo descendente parecen insinuar una relación con fenómenos naturales o celestes.
La técnica también habla: mientras las pinturas pudieron haberse elaborado con pigmentos minerales o vegetales, los petrograbados presentan un meticuloso trabajo de puntillismo sobre la roca. A pesar del desgaste del tiempo, muchas de estas expresiones conservan una sorprendente nitidez.
Pero el hallazgo no es solo visual: es también geográfico y simbólico. Las manifestaciones se ubican estratégicamente entre el río Tula y la presa La Requena, en un entorno que sugiere una función más allá de lo decorativo. Para los investigadores, la disposición de las figuras podría responder a propósitos mítico-religiosos, posiblemente vinculados a observaciones astronómicas o calendáricas.
Algunas imágenes incluso parecen dialogar con culturas lejanas. Una figura con colmillos, antenas y rasgos híbridos recuerda a iconografías de la cultura mogollón, lo que abre interrogantes sobre posibles conexiones o influencias culturales en amplias regiones del norte mesoamericano.


El sitio, sin embargo, no es un descubrimiento completamente nuevo. Fue registrado por primera vez en la década de 1970 durante el Proyecto Arqueológico Tula, liderado por el investigador Eduardo Matos Moctezuma. Desde entonces, el cerro tomó su nombre a partir de una figura de venado previamente identificada. Hoy, nuevas tecnologías como la fotogrametría permiten revisitar ese pasado con mayor precisión y profundidad.
El hallazgo también ha tenido consecuencias contemporáneas. El trazo original del Tren México–Querétaro atravesaba directamente la zona donde se encuentran estas manifestaciones. Sin embargo, en una decisión poco común pero significativa, el gobierno mexicano optó por modificar la ruta ferroviaria para preservar este patrimonio, reconociendo que estos vestigios imposibles de trasladar forman parte irremplazable del paisaje cultural.
Así, en El Venado, el pasado y el presente convergen. Mientras las máquinas avanzan con cautela en la construcción del futuro, las piedras continúan narrando historias antiguas, recordando que el territorio no solo se habita: también se hereda, se interpreta y, en ocasiones, se redescubre.
