En los antiguos lagos de Zealandia, huesos olvidados revelan un linaje perdido de gansos que desafía la historia evolutiva del hemisferio sur

En las áridas colinas de St Bathans, donde hoy el viento sopla entre paisajes dorados, alguna vez existió un ecosistema vibrante, dominado por lagos, bosques y una sorprendente diversidad de aves. Allí, en depósitos del Mioceno temprano–medio, paleontólogos han desenterrado fragmentos óseos que están reescribiendo la historia evolutiva de los gansos en el hemisferio sur.

Los depósitos fósiles de St Bathans son reconocidos internacionalmente por su riqueza aviar. Entre los hallazgos destacan restos de Anseriformes el grupo que incluye patos y gansos, pero durante años varios de estos fósiles permanecieron envueltos en incertidumbre taxonómica.

Una reciente revisión exhaustiva de once huesos aislados, previamente atribuidos a gansos (Anserinae), aplicó un análisis morfológico comparativo ampliado y más riguroso. El resultado: una reinterpretación profunda de la fauna miocena de Zealandia.

Cuatro de los especímenes fueron asignados con claridad a Miotadorna sanctibathansi, un tadornino ya conocido del registro fósil local. Otros cinco huesos pertenecen probablemente a un gran anátido, posiblemente el enigmático Notochen bannockburnensis, una especie previamente sugerida como anserina.

Pero el hallazgo más fascinante emergió de uno “o quizá dos” huesos que no coincidían plenamente con ninguna especie conocida. Tras el análisis, los investigadores identificaron un segundo anserino probable, ligeramente más pequeño, que fue descrito como una nueva especie: Meterchen luti gen. et sp. nov.

Este descubrimiento no solo amplía el árbol evolutivo de los gansos miocenos, sino que también desafía una hipótesis previa: la idea de que las cereopsinas “el linaje que incluye a los gansos gigantes extintos de Nueva Zelanda” tenían una presencia prolongada en Zealandia desde el Mioceno temprano medio.

El estudio no encontró evidencia clara que vincule los fósiles revisados con ese grupo, contradiciendo teorías anteriores. En cambio, los resultados se alinean con estimaciones moleculares actuales que sugieren que los ancestros de la cereopsina recientemente extinta Cnemiornis habrían llegado a Zealandia hacia finales del Mioceno, y no antes.

Así, cada fragmento óseo cada articulación, cada superficie desgastada por millones de años  se convierte en una pieza clave de un rompecabezas evolutivo que aún se está armando.

En el silencio mineralizado de St Bathans, los gansos del Mioceno vuelven a hablar. Y lo que cuentan es una historia de migraciones tardías, linajes inesperados y una biodiversidad antigua mucho más compleja de lo que imaginábamos.

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