Su redescubrimiento en el siglo XXI no solo ha devuelto un nombre al mapa: ha reescrito un capítulo olvidado de la historia antigua.
“La ciudad que el río abandonó”
Cuando Alejandro regresó de sus campañas en el Indo, comprendió que el sur de Mesopotamia necesitaba un nuevo puerto. La sedimentación constante del Tigris y, sobre todo, del Éufrates, empujaba la línea costera cada vez más hacia el mar. El joven conquistador imaginó entonces una ciudad situada estratégicamente en la confluencia del Tigris con el río Karun, a escasa distancia del Golfo Pérsico: una puerta hacia el océano y hacia las riquezas de Oriente.
Durante siglos, las fuentes romanas y las inscripciones halladas en la lejana Palmira mencionaron esta ciudad próspera y bulliciosa. Sin embargo, su ubicación exacta se perdió. Entre el final de la escritura cuneiforme y el avance de la islamización, un período históricamente menos estudiado, Alejandría del Tigris se desvaneció de la memoria académica.
No fue hasta que el arqueólogo Stefan Hauser, de la Universidad de Constanza, se unió a un equipo internacional de investigación, que las piezas comenzaron a encajar.
Una muralla en el desierto
En la década de 1960, el investigador John Hansman había detectado desde el aire una muralla de un kilómetro de longitud en un lugar llamado Jebel Khayabber, a apenas 15 kilómetros de la frontera iraní. La hipótesis de que aquel trazado correspondía a la Alejandría perdida quedó en suspenso durante décadas. La región, convertida en frente de batalla durante la guerra Irán-Irak, era inaccesible; incluso se instaló un campamento militar sobre las ruinas.
En 2014, arqueólogos británicos visitaron el lugar bajo estrictas medidas de seguridad. Lo que vieron fue sobrecogedor: una muralla que aún se alzaba hasta ocho metros de altura. Poco después comprendieron que aquella vasta extensión casi plana no era un asentamiento menor, sino la base de una metrópolis fundada por Alejandro.
Las primeras campañas sistemáticas comenzaron en 2016 y, con la incorporación de Hauser “uno de los pocos especialistas en el período helenístico en Mesopotamia”, la ciudad empezó a revelar su verdadera magnitud.

© Proyecto Charax Spasinou/Stuart Campbell, 2017
El plano invisible de una metrópolis
Debido a la situación de seguridad, los investigadores solo pudieron realizar estudios de superficie y prospecciones no invasivas. Recorrieron más de 500 kilómetros documentando fragmentos cerámicos y restos constructivos. Miles de imágenes tomadas con drones permitieron modelar digitalmente el terreno.
La gran revelación llegó con la geofísica. Mediante un magnetómetro de cesio, el equipo detectó anomalías en el campo magnético terrestre que delataban la presencia de muros, calles y estructuras enterradas. Lo que emergió en las imágenes fue asombroso: una ciudad planificada con rigor, organizada en cuadrículas monumentales, con algunas de las manzanas urbanas más grandes conocidas en la Antigüedad.
Alejandría del Tigris no era un puerto improvisado. Era una metrópolis cuidadosamente diseñada.
Dentro de sus murallas se distinguían barrios residenciales, complejos templarios de gran tamaño, talleres metalúrgicos y hornos agrupados en torno a un puerto interior y un sistema de canales. En otra zona, un conjunto de aspecto palaciego, aislado de las calles, sugiere la presencia de jardines o espacios agrícolas en pleno corazón urbano. Al norte, imágenes satelitales revelan un vasto sistema de irrigación, posiblemente vinculado al abastecimiento de la ciudad.
Las diferentes orientaciones de la cuadrícula urbana indican fases sucesivas de expansión y transformación. La ciudad evolucionó durante más de medio milenio, adaptándose a cambios políticos, económicos y ambientales.
El corazón del comercio oriental
Entre el 300 a. C. y el 300 d. C., el comercio entre Mesopotamia, la India y regiones aún más lejanas —Afganistán, China— experimentó un auge sin precedentes. Alejandría/Charax ocupaba una posición crucial en ese sistema. Todo indica que era el primer gran punto de transbordo de mercancías que ascendían por el Tigris hacia las capitales de Seleucia y Ctesifonte, centros políticos que llegaron a albergar cientos de miles de habitantes.
Cuando el Éufrates se volvió pantanoso en su curso inferior, el Tigris asumió el papel de arteria principal entre el norte y el sur. En ese contexto, la ciudad fundada por Alejandro funcionó como bisagra entre el océano y el interior mesopotámico: una Alejandría del Nilo en versión oriental.
Su relevancia no radica solo en su tamaño o en su planificación urbana, sino en su papel como catalizador del intercambio cultural y económico entre mundos distantes. En sus muelles confluyeron especias, textiles, metales, ideas y creencias.
La lenta muerte de un puerto
Sin embargo, la misma fuerza natural que motivó su fundación selló su destino. En algún momento del siglo III d. C., el Tigris cambió su curso hacia el oeste. La ciudad perdió su acceso directo al río. La sedimentación acumulada desplazó la costa hasta dejarla, según fuentes antiguas, a 180 kilómetros del Golfo Pérsico.
Sin agua, sin puerto y sin comercio, la metrópolis se vació. Sus edificios quedaron expuestos al polvo y al olvido. Con el tiempo, la ciudad moderna de Basora ocuparía su lugar en la región.
Relevancia de un redescubrimiento
El redescubrimiento de Alejandría del Tigris es crucial por varias razones. Ilumina un período históricamente desatendido, tendiendo un puente entre el mundo helenístico y la Antigüedad tardía en Mesopotamia. Demuestra que el sur iraquí fue uno de los grandes motores del comercio global antiguo, mucho antes de las rutas medievales del Índico. Y confirma que Alejandro no solo fue un conquistador, sino también un urbanista estratégico con visión geopolítica.
Además, el proyecto representa un modelo contemporáneo de arqueología: interdisciplinario, no invasivo y apoyado en tecnología avanzada, desde drones hasta magnetometría y análisis geológicos.
Bajo la arena del sur de Irak, la Alejandría olvidada vuelve a tomar forma. Sus calles invisibles reaparecen en mapas magnéticos; sus murallas, aún erguidas, desafían al tiempo. Y mientras los arqueólogos esperan nuevas excavaciones, la ciudad que el río abandonó comienza, por fin, a recuperar su lugar en la historia.